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viernes, 29 de agosto de 2014

Cartas a mi padre. Parte XI

Las implicaciones del éxito y el fracaso

Para un hijo es muy complicado pedir ayuda a un padre porque la solicitud siempre va precedida de la palabra fracaso. Y ya sabes lo mal que llevo el fracaso. A pesar de haber entendido bien la dimensión del fracaso me sigue afectando ese desprecio social que emana de su concepto. Sé que el éxito y el fracaso son dos conceptos culturales, y por tanto relativos. Sabiendo esto de antemano, no sé por qué me sigue doliendo tanto fracasar. Será que estoy tan atravesada por la cultura que ya no soy capaz de separarla de mis deseos individuales. Eso o que soy demasiado estúpida. 

Echo la vista hacia atrás y veo una vida muy intensa. Nunca podré reprocharme que no me lancé como una burra. Siempre de barro hasta las cejas. Mamá solía decir que no parecía hija vuestra, siempre tan prudentes y contenidos. Yo, sin embargo, he sido muy lanzada y también, por qué no admitirlo, bastante imprudente. Siempre me ha gustado desafiar la vida aún sabiendo que llevaba todas las de perder. Si me quedaba quieta, entonces moría. En eso me parezco a ti, padre. Los únicos momentos que has concedido al descanso han sido esas sudorosas siestas de verano. Para nosotros dormir es morir. Nuestras vidas son de tal intensidad que vamos a la cama derrotados. 

A menudo pienso qué nos hubiera ocurrido si el sueño no nos hubiera acompañado. Probablemente hubiéramos terminado más locos de lo que ya estamos. Adoro dormir porque para mí es la puerta a otra vida, si cabe más auténtica. Siempre me ha obsesionado la visión calderoniana de la vida y muchas veces me he preguntado si cada vez que cerramos los ojos para dormir en realidad los estamos abriendo. Esta vida, padre, no me parece una pesadilla sino un sueño de mal gusto. Una pesadilla tiene más categoría y estilo que la burda realidad que vivimos. Eso es precisamente lo que más me entristece, la bajeza moral de una época sobre la que había puestas tantas y tantas esperanzas. 

Quizás ese es el verdadero error: haberle concedido tal dimensión. Hay tantas pocas cosas que nos estremezcan. O quizás existen pero nuestra vanidad nos impide emocionarnos. Y eso sí que es el fracaso de una época y de una generación. Sabiendo que tenemos las mejores cartas sobre la mesa nos empeñamos en perder. ¿Es que nos gusta sufrir a conciencia, padre? O ¿es que el dolor nos resulta indiferente? En este caso, mucho mejor cerrar los ojos y dormir. Mejor dormir que interpretar una agotadora tragedia que nos impida descansar de acuerdo a nuestras necesidades. ¿Qué es lo que te impide conciliar el sueño, padre? No me creo que las guerras ni el hambre en el mundo. Eso, entre tú y yo, eso nos da igual. Ver escrito esto me da escalofríos pero no podemos negar que es cierto. 

Lo que de verdad te impide dormir es mi bienestar, o más bien la ausencia de él. En mi caso no es recíproco, lo sabes bien, padre. Los hijos somos de un egoísmo inaudito. Esto también cuesta leerlo, especialmente viniendo de un hijo. Al menos, de esta falta de correspondencia me he librado en la vida. Admiro profundamente a los padres y su entrega absoluta por sus hijos. Una sensación –supongo- de emoción extrema, imposible de entender si no es experimentada. 

Continuará...
By Alexis de Tocqueville

Cartas a mi padre. Parte II

Dedicado para aquellos que han conocido la derrota

¿De verdad que tenemos que recibir un regalo cada vez que cumplimos un año más en la vida?¿no es la vida suficiente regalo? Es posible que para muchas personas, incluso, a vida misma no sea motivo de celebración. ¿Y qué me dices de las bodas? Un ritual que se resume básicamente en mostrar el amor al mundo y delegar en una firma la responsabilidad de la fidelidad eterna. ¿Crees de verdad que eso se merece un regalo? Tú sabes que no pero en el fondo eres un sentimental que sigue creyendo en el amor para toda la vida o más bien, en la compañía para toda la vida. 

Adoro esa visión práctica que tienes sobre el matrimonio, palabra, para ti, aún cargada de significado emocional. Sabes que no comparto esa misma filosofía pero te respeto; fundamentalmente porque también me veo respetada por ti. Salvando breves excepciones, no he conocido otra persona en el mundo que encarne mejor los valores ligados a la tolerancia y al respeto. 

Eres una bella persona, padre. Sé que has conocido la derrota –en estos momentos especialmente-, el sufrimiento y la pérdida pero siempre encuentras tu manera para regresar del abismo, aún si cabe, más fortalecido. Esta visión creo que te ha aportado una sensibilidad y empatía que te permiten abordar la vida con una compasión y humildad infinita. Has experimentado el sentimiento del amor desde tantas y tantas vertientes…la de hijo, la de padre, la de marido, la de amigo…No creo que este mundo dé oportunidades a todos para poder experimentar estas formas de amor tan exuberantes. 

La gente bella no surge de la nada. Ya conoces el por qué de tu capacidad de amar. Siempre has sido un hombre atrevido y lanzado con lo que de verdad te importa y esto te ha conducido directamente al conocimiento del amor. No eras merecedor de ello y por eso tenías claro que si querías conseguirlo tenías que ir a por ello, sin más. 

Creo, precisamente, que ese ha sido uno de mis mayores impedimentos para encontrar el amor. Yo siempre he pensado que merecía lo mejor. Supongo que producto de una mezcla entre lo que otros dicen y la percepción de uno mismo. Una cóctel letal, creo, porque siendo una chica humilde y de gran sensibilidad no he ido a buscarlo sino que he esperado a recibir mi merecido premio. Sí, lo sé…eso no es amor sino vanidad. Es el reclamo de una deuda que –considero equivocadamente- he de saldar. Y la vanidad solo atrae más vanidad y  te aleja definitivamente de una senda de hombres perdedores y compasivos, capaces de estrechar en sus brazos a mujeres reales, de carne y hueso, dispuestas a enamorarse y a fundar familias.

 No son ellos sino yo, que nací dotada de las más poderosas armas para sobrevivir en este despiadado mundo pero que dejé la puerta abierta –sin quererlo- a la esperanza de un compañero. Esa frialdad que me convierte en una mujer altamente efectiva en el mundo de los negocios sin embargo fagocita día a día la punta del iceberg de emocionalidad que asoma a duras penas en un lugar entre el pecho y el estómago. Porque ahí, cuando viene la desazón y la angustia, es donde precisamente duele. 

La vanidad duele cuando uno es capaz de atisbarla desde el ángulo de la sensibilidad. Por eso es mejor no pensar en ello y actuar con la inercia de un barco que sabe que va a chocar contra un iceberg pero que vira en el último momento. Además de vanidad, he decirte que me encanta asumir riesgos. Lanzarme al vacío sin paracaídas con la esperanza de aterrizar en un lugar mejor que desde el que salté. Esto sale una vez bien y 99 mal pero como la esperanza es la quintaesencia del engaño humano lo sigo intentando. Bueno, ya no. 

Continuará...
By Alexia de Tocqueville