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sábado, 30 de agosto de 2014

El lenguaje secreto de las organizaciones. Pérdida de competitividad acelerada.



El juego del ahorcado

Regresando a la historia de Misifú y Paquito, dos miserables que se han encontrado en esta vida y que han desarrollado una relación parasitaria en el seno de la empresa hispánica. Misifú, que tiene calado a Paquito desde hace años, sabe bien cómo inocularle el veneno de la culpa para que éste se vuelva más servil y lacayo (que ya es difícil). Un día, de manera excepcional, se queda a trabajar hasta las nueve de la noche. Paquito, que  normalmente trabaja hasta esa hora, de forma excepcional, se marcha antes a su casa. En ese momento, Misifú, con esa mala baba que la caracteriza, llama al despacho de Paquito para solicitarle algo que no necesita. Al día siguiente, se acerca al despacho de Paquito para decirle que le llamó el día anterior a su despacho, que no le encontró y que eso la había decepcionado bastante. Ese mismo día, Misifú repitió la operación y esta vez sí que encontró a Paquito. Como el día anterior no tenía nada que pedirle. Sencillamente quería someterle. El veneno de la culpa, como dice el doctor Mario Alonso Puig había hecho su efecto y una vez más había un dominador y un dominado.















Paquito, de nuevo frustrado, descarga de nuevo la ira sobre su equipo que cada día manda más curriculums por Infojobs. No entiende por qué la lealtad que él profesa a Misifú no se repite de la misma manera con él. Paquito, que anda corto de autoestima y entendederas, aún no ha comprendido que es un lacayo ramplón además del hazmerreír de su equipo. Sigue creyendo que la lealtad y el sobreesfuerzo se pide cuando en realidad se ganan. Como él ha aprendido a palos no comprende por qué los demás no se implican en el proyecto de la misma manera. Como bien le han enseñado, el mero hecho de tener trabajo ya es un premio aunque sea en unas condiciones bochornosas e inhumanas. Siente que sus padefos son una panda de desagradecidos. Sus subordinados, que su jefe perdió hace mucho la cabeza si es que alguna vez la tuvo.

Misifú, consciente del poderoso efecto que tiene inocular el terror en sus equipos, sigue haciendo de las suyas en cuanto se le enciende el piloto automático en su cerebro. Con el narcisismo y la falta de empatía habitual que la caracterizan, humilla y avergüenza delante de su propio equipo a Paquito que no para de llorar como un niño. ¿Se trata de una mujer malvada? o simplemente, como dice el doctor Mario Alonso Puig “¿ignora el desatino de sus palabras?”. O una tercera opción, ¿padece un tremendo desequilibrio mental que no le impide desarrollar una tarea pero sí relacionarse con normalidad con el resto de la gente?. En un entorno laboral el primer y el segundo aspecto son fundamentales, a partes iguales. Pero este último cobra especial relevancia si la persona tiene un equipo a su cargo, como es el caso.

Paquito, correa de transmisión de la demencia de Misifú, cada día se siente más descorazonado y desesperanzado. No es capaz de abrir la boca sino es para echar más mierda al ambiente y más negrura sobre las personas. Igual da que sean subordinados que compañeros del mismo nivel jerárquico. Aprovecha cualquier ocasión para minusvalorar y despreciar los éxitos de otros. Juzga constantemente a los demás y se atreve lanzar opiniones demoledoras y gratuitas sobre la gente de su equipo que, de manera progresiva, va abandonando el barco antes de que se hunda del todo por una gestión tan terrorista y decadente.

Esta actitud vital (o más bien mortal) se extiende como un virus al resto de las parcelas de su vida, cada día más reducidas por el omnipresente trabajo. Y por si fuera poco, se siente como un ser de inferior categoría y piensa que los demás también le ven así. Por miedo a no estar a la altura, comienza a aislarse y empieza a pedir permiso para compartir el espacio de la comida con otros. Antes, sencillamente, se la jugaba y se acoplaba pero ahora, con la autoestima tan dañada solo se atreve a acercase como un perro que se contenta con los huesos del asado. Paquito empieza a ver que quizás, la única salida sea el suicidio.

Si uno observa en profundidad entonces el resultado es un edificio enrevesado, construido con tantas ñapas que caerá con el primer golpe de viento un poco fuerte. Si nos paramos a ver más en profundidad, lo que se observa es un estructura social, decadente y enferma, que convierte a las personas en objetos y a sus creaciones en utopías cada vez más inalcanzables. La competitividad insana, la mentira, el miedo, la degradación y la humillación han ocupado el espacio de la motivación, la ilusión y el talento que en realidad son los motores que impulsan nuestras vidas, un ámbito que incluye a las empresas (y no a la inversa).

Precisamente en este punto es en el que las empresas pierden competitividad hasta el punto de destruirse a sí mismas. O lo que es lo mismo, la completa aniquilación de las personas que forman parte de ellas. Porque como bien dicen en sus campañas de publicidad millonarias: “¿Qué son las empresas sin las personas?”. De nuevo, comunicación barata si acompaña a una realidad tan degradada como incierta. Y es que en este mundo donde las palabras no significan nada y las personas carecen de ilusión hay unos grandes vencedores: los miserables que imponen su falacia bajo la dictadura del terror. Unos grandes inoculadores del miedo que han sometido a la mayoría, que solo quieren recibir una justa recompensa por lo que hacen e ilusionarse con los proyectos para poder vivir en armonía y plenitud.

En este contexto de dominadores y dominados, el hilo conductor es el miedo crece la desesperanza y la depresión, incluso en aquellos que propician un estilo de vida tan insano como pernicioso. Porque no nos olvidemos, ellos también sufren –a menos que hayan perdido la cabeza- pero no tienen el valor suficiente para cambiar la trayectoria de sus barcos que van sin rumbo, a la deriva. La naturaleza, que goza de una gran sabiduría (aunque nosotros nos empeñemos en destruirla y bombardearla), jamás lucha contra sí misma. Cuando sucede una catástrofe, en realidad, trata de compensar un desequilibrio o restablecer el statu quo de armonía del que normalmente disfruta y que pone a nuestra disposición para que nos beneficiemos de él. El ser humano, sin embargo, se empeña en destruirse a sí mismo mientras machaca al vecino. ¿Instinto de supervivencia? Más bien estupidez supina o demencia generalizada. Una opción es mala y la otra aún peor.

En una ocasión preguntaron a Albert Einstein sobre lo que haría si supiese que la Tierra iba a ser aniquilada en unos segundos. Él contestó que emplearía los primeros cincuenta y nueve segundos en hacerse una pregunta y el segundo restante en contestarla. Probablemente lo que quiso comunicarnos fue que más importante que la respuesta es la pregunta puesto que esta última abre en nuestra conciencia un nuevo espacio de conocimiento y exploración. Como bien le susurraba Trinity a Neox en Matrix “es la pregunta la que nos impulsa”. No es la respuesta la que ha llevado a Neo a una nueva dimensión de conciencia sino la pregunta que conoce desde hace tiempo y le ha inspirado hasta llevarle a ese lugar. Si trasladamos la sabiduría de Einstein y Trinity al espacio empresarial, entonces, quizás no estemos enfocando el problema desde la perspectiva adecuada y en lugar de dar una respuesta a un submundo enloquecido y estresado debamos apuntar más bien a formular las preguntas adecuadas para descubrir la verdadera naturaleza de Matrix, “el mundo que han puesto ante nuestros ojos para ocultar la verdad”.

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