El juego del ahorcado
Regresando a la historia de Misifú y
Paquito, dos miserables que se han encontrado en esta vida y que han
desarrollado una relación parasitaria en el seno de la empresa hispánica. Misifú, que tiene calado a Paquito desde
hace años, sabe bien cómo inocularle el veneno de la culpa para que éste se
vuelva más servil y lacayo (que ya es difícil). Un día, de manera excepcional,
se queda a trabajar hasta las nueve de la noche. Paquito, que normalmente trabaja hasta esa hora, de
forma excepcional, se marcha antes a su casa. En ese momento, Misifú, con esa
mala baba que la caracteriza, llama al despacho de Paquito para solicitarle
algo que no necesita. Al día siguiente, se acerca al despacho de Paquito para
decirle que le llamó el día anterior a su despacho, que no le encontró y que
eso la había decepcionado bastante. Ese mismo día, Misifú repitió la operación
y esta vez sí que encontró a Paquito. Como el día anterior no tenía nada que
pedirle. Sencillamente quería someterle. El veneno de la culpa, como dice el
doctor Mario Alonso Puig había hecho su efecto y una vez más había un dominador
y un dominado.
Paquito, de nuevo frustrado, descarga de nuevo la ira sobre su equipo que cada día manda más curriculums por Infojobs. No entiende por qué la lealtad que él profesa a Misifú no se repite de la misma manera con él. Paquito, que anda corto de autoestima y entendederas, aún no ha comprendido que es un lacayo ramplón además del hazmerreír de su equipo. Sigue creyendo que la lealtad y el sobreesfuerzo se pide cuando en realidad se ganan. Como él ha aprendido a palos no comprende por qué los demás no se implican en el proyecto de la misma manera. Como bien le han enseñado, el mero hecho de tener trabajo ya es un premio aunque sea en unas condiciones bochornosas e inhumanas. Siente que sus padefos son una panda de desagradecidos. Sus subordinados, que su jefe perdió hace mucho la cabeza si es que alguna vez la tuvo.
Misifú, consciente del poderoso efecto
que tiene inocular el terror en sus equipos, sigue haciendo de las suyas en
cuanto se le enciende el piloto automático en su cerebro. Con el narcisismo y
la falta de empatía habitual que la caracterizan, humilla y avergüenza delante
de su propio equipo a Paquito que no para de llorar como un niño. ¿Se trata de
una mujer malvada? o simplemente, como dice el doctor Mario Alonso Puig
“¿ignora el desatino de sus palabras?”. O una tercera opción, ¿padece un tremendo
desequilibrio mental que no le impide desarrollar una tarea pero sí
relacionarse con normalidad con el resto de la gente?. En un entorno laboral el
primer y el segundo aspecto son fundamentales, a partes iguales. Pero este
último cobra especial relevancia si la persona tiene un equipo a su cargo, como
es el caso.
Paquito, correa de transmisión de la
demencia de Misifú, cada día se siente más descorazonado y desesperanzado. No
es capaz de abrir la boca sino es para echar más mierda al ambiente y más
negrura sobre las personas. Igual da que sean subordinados que compañeros del
mismo nivel jerárquico. Aprovecha cualquier ocasión para minusvalorar y
despreciar los éxitos de otros. Juzga constantemente a los demás y se atreve
lanzar opiniones demoledoras y gratuitas sobre la gente de su equipo que, de
manera progresiva, va abandonando el barco antes de que se hunda del todo por
una gestión tan terrorista y decadente.
Esta actitud vital (o más bien mortal)
se extiende como un virus al resto de las parcelas de su vida, cada día más
reducidas por el omnipresente trabajo. Y por si fuera poco, se siente como un
ser de inferior categoría y piensa que los demás también le ven así. Por miedo
a no estar a la altura, comienza a aislarse y empieza a pedir permiso para compartir
el espacio de la comida con otros. Antes, sencillamente, se la jugaba y se
acoplaba pero ahora, con la autoestima tan dañada solo se atreve a acercase
como un perro que se contenta con los huesos del asado. Paquito empieza a ver
que quizás, la única salida sea el suicidio.
Si uno observa en profundidad entonces
el resultado es un edificio enrevesado, construido con tantas ñapas que caerá
con el primer golpe de viento un poco fuerte. Si nos paramos a ver más en
profundidad, lo que se observa es un estructura social, decadente y enferma,
que convierte a las personas en objetos y a sus creaciones en utopías cada vez
más inalcanzables. La competitividad insana, la mentira, el miedo, la
degradación y la humillación han ocupado el espacio de la motivación, la
ilusión y el talento que en realidad son los motores que impulsan nuestras
vidas, un ámbito que incluye a las empresas (y no a la inversa).
Precisamente en este punto es en el
que las empresas pierden competitividad hasta el punto de destruirse a sí mismas.
O lo que es lo mismo, la completa aniquilación de las personas que forman parte
de ellas. Porque como bien dicen en sus campañas de publicidad millonarias:
“¿Qué son las empresas sin las personas?”. De nuevo, comunicación barata si
acompaña a una realidad tan degradada como incierta. Y es que en este mundo
donde las palabras no significan nada y las personas carecen de ilusión hay
unos grandes vencedores: los miserables que imponen su falacia bajo la
dictadura del terror. Unos grandes inoculadores del miedo que han sometido a la
mayoría, que solo quieren recibir una justa recompensa por lo que hacen e
ilusionarse con los proyectos para poder vivir en armonía y plenitud.
En este contexto de dominadores y
dominados, el hilo conductor es el miedo crece la desesperanza y la depresión,
incluso en aquellos que propician un estilo de vida tan insano como pernicioso.
Porque no nos olvidemos, ellos también sufren –a menos que hayan perdido la
cabeza- pero no tienen el valor suficiente para cambiar la trayectoria de sus
barcos que van sin rumbo, a la deriva. La naturaleza, que goza de una gran
sabiduría (aunque nosotros nos empeñemos en destruirla y bombardearla), jamás
lucha contra sí misma. Cuando sucede una catástrofe, en realidad, trata de
compensar un desequilibrio o restablecer el statu quo de armonía del que normalmente disfruta y que pone a nuestra
disposición para que nos beneficiemos de él. El ser humano, sin embargo, se
empeña en destruirse a sí mismo mientras machaca al vecino. ¿Instinto de
supervivencia? Más bien estupidez supina o demencia generalizada. Una opción es
mala y la otra aún peor.
En una ocasión preguntaron a Albert
Einstein sobre lo que haría si supiese que la Tierra iba a ser aniquilada en
unos segundos. Él contestó que emplearía los primeros cincuenta y nueve
segundos en hacerse una pregunta y el segundo restante en contestarla.
Probablemente lo que quiso comunicarnos fue que más importante que la respuesta
es la pregunta puesto que esta última abre en nuestra conciencia un nuevo espacio
de conocimiento y exploración. Como bien le susurraba Trinity a Neox en Matrix
“es la pregunta la que nos impulsa”. No es la respuesta la que ha llevado a Neo
a una nueva dimensión de conciencia sino la pregunta que conoce desde hace
tiempo y le ha inspirado hasta llevarle a ese lugar. Si trasladamos la
sabiduría de Einstein y Trinity al espacio empresarial, entonces, quizás no
estemos enfocando el problema desde la perspectiva adecuada y en lugar de dar
una respuesta a un submundo enloquecido y estresado debamos apuntar más bien a
formular las preguntas adecuadas para descubrir la verdadera naturaleza de
Matrix, “el mundo que han puesto ante nuestros ojos para ocultar la verdad”.

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