De la indignación a la indiferencia
Parece que en este contexto la vida
del padefo paganini se convierte en una carrera de obstáculos que tiene como
resultado su resignación y agotamiento. Si enciende la tele “la realidad” es
demoledora: corrupción, estafas, empresauros codiciosos, escándalos políticos.
Si va al curro, su día a día es un camino de espinas cuyo destino es la cruz. Y
si queda con los amigos para tomarse una birra, las conversaciones giran
entorno a la crisis y al paro. Frente a semejante panorama el padefo tiene dos
opciones: suicidarse o matar a la humanidad de un bombazo.
El miedo y la sensación de indefensión le tienen atenazado y por eso, ante la duda, no se mueve (no sea que le vaya a caer otra hostia). Además, reza para que un milagro le salve de esta situación. Aparte de encomendarse a Dios y a los santos ecuménicos, todavía sigue esperando que el Estado y las empresas le saquen de ésta. Sin ellos, el padefo no sabe sobrevivir económicamente. Resultado de esta perversa dependencia ha nacido una nueva forma de esclavitud contemporánea en la que los grilletes han sido sustituidos por el miedo y desesperación. Como vemos, una forma más sofisticada y estilosa de privar a la humanidad de libertad.
Hace poco leí en Internet que
tendríamos que dejar de echarle la culpa a la gota que colmó el vaso y hacernos
cargo de la comodidad con la que nos sentamos a esperar que se llene. La
libertad, por tanto, se escapa ante nuestros ojos ante la más absoluta de las
parálisis. Y es que el padefo, además de esclavo también es un poco vago. O lo
que es lo mismo: le resulta más fácil seguir los dictados del mundo empresarial
que ser responsable de su propia vida. La clave está en el error. En cometerlo
pero también en asumirlo. Entre el error y el terror solo hay una “t” de
distancia. Por eso, tan a menudo van de la mano.
Dado que la presión ejercida por los
empresauros y los ministerios de la ingobernación es cada vez mayor, en los
últimos tiempos parte de la ciudadanía ha despertado de su estado de
hibernación expresando su inconformismo a través de la pancarta y el megáfono.
Lo que se conoce popularmente como “indignación” y “cabreo soberano”. Pero para
llegar a este “punto de no retorno” los nuevos desobedientes del orden
establecido primero han tenido que superar cuatro estados del alma.
1º Estado de indignación. En otras
palabras, el padefo tiene una pelota de pelos tan gorda en la garganta que ya
no puede ni respirar. Ha tragado tanta quina que si pica a alguien lo mata.
Desearía fulminar a su jefe, al vecino del tercero y a Rajoy sin embargo, no
explota. El pitorro de la olla deja liberar un poco de presión: la suficiente
para que ese día no salga en los periódicos. Esta emoción (o “contención”) no
se traduce en movimiento ni en cambio social. Por eso, el padefo, suele dar con
sus huesos en el siguiente estado anímico: la frustración.
2º. Estado de frustración. Se produce
cuando el sentimiento de decepción invade al padefo debido a que no se cumplen
sus esperanzas y expectativas. Sin embargo, es difícil que se cumplan ya que
aún no ha dado un solo paso. Solo ha abierto un poco el pitorro de la presión
para que no estalle la olla.
3º Estado de resignación. El padefo ha
invertido más fuerza y energías en contener la presión de la olla que en
liberarla de una forma sana. El resultado: la pelota de pelos no solo le invade
la garganta. También le atraviesa el estómago y ha llegado a taponarle el culo.
Fruto del cansancio físico y el agotamiento mental experimenta una profunda
impotencia por no poder cambiar el sistema en el que vive.
4º Estado de indiferencia. De pronto
el padefo se vacía y desarrolla la sensibilidad de un champiñón. Se la empieza
a pelar absolutamente todo. De esta forma, la aberración que invade el mundo –y
que no es capaz de frenar- al menos no le afecta.
El padefo puede elegir caer en la
victimización más absoluta o aprender a interpretar y decodificar el nuevo
lenguaje que marca esta nueva era. Este momento histórico: la del apogeo del
empresauro hispánico también es la de la responsabilidad y el talento. En este
nuevo contexto, el padefo –para poder sobrevivir- necesitará llevar a cabo un
profundo cambio de mentalidad. En otras palabras, tendrá que aprender a
relacionarse con el mercado laboral de una forma más libre, madura y
responsable. Esto pasa necesariamente por hacerse mayor y dejar de depender del
Estado, las empresas y bancos para obtener los medios económicos (seguridad)
que se supone, necesita, para poder vivir “dignamente”.
En la mayor parte de los casos, la
raíz de la situación de dependencia económica y emocional del padefo es el
“miedo a la libertad”. Es decir, el temor a adentrarse en los territorios de la
incertidumbre y el cambio constante. Ambos, muy alejados del mundo que
conocieron sus padres: una era en la que el amor y el trabajo tenían
consistencia, peso y durabilidad.
En cambio, en el nuevo contexto estos aspectos se tornan leves,
volátiles, digitales y discontinuos. En él, la trayectoria vital de las
personas se transforma en la suma de una serie de acontecimientos desligados
que difícilmente pueden conformar una “lógica” biografía. Richard Sennet, en su
libro “La corrosión del carácter” lo define de la siguiente manera.
“Desde el punto de vista
operacional, todo es perfectamente claro; desde el punto de vista emocional, en
cambio, terriblemente ilegible”.
A lo que añade:
“El cambio múltiple e irreversibe,
la actividad fragmentada, pueden ser cómodos para los nuevos amos del régimen,
como la corte de Davos, pero pueden desorientar a los sirvientes del régimen”.

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