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sábado, 30 de agosto de 2014

El lenguaje secreto de las organizaciones. Carta a un padefo que está dejando de serlo



Si estuvieras libre de todo temor, ¿sabes lo que ocurriría?
¡Harías exactamente lo que quieres hacer!”

J. Krishnamurti















Querido expadefo,

Si has llegado hasta aquí es que ya has recorrido una parte importante del camino. Hace tiempo que no duermes, no juegas al fútbol (siempre te ha encantado) y eres incapaz de disfrutar con el sexo. Te acuestas y te levantas pensando en lo mismo: en que pase un día más para llegar antes a no sabes dónde (¿la caja-pino?). Miras el reloj con la esperanza de que hayan pasado dos horas en vez de una. Has ido en coche más de 1.000 veces a trabajar y eres incapaz de recordar los lugares por los que pasas desde que sales de tu hasta que aparcas en el polígono. Vas ciego a todas partes.

Cuando te acercas a tu sitio te recorre un sudor frío por el cuerpo. Hace tiempo que los proyectos que tienes entre manos dejaron de ser estimulantes. Cada nueva tarea es un marrón más…o la puta escalada al Everest. Estás cansado de dejarte la piel para no alcanzar ninguna cumbre.

Lo único que has aprendido en el último lustro laboral es a esquivar balas y a mostrar indiferencia ante los demás. Sin embargo, tú sabes que no es así. Cada día recibes un nuevo tiro que produce una nueva herida sangrante además de un profundo vacío existencial. Miras a tu alrededor y ves a tus compañeros tan jodidos o peor que tú. Estás harto de escuchar “esto es lo que hay” y “virgencita, virgencita que me quede como estoy”.  El lugar en el que estás no te gusta una mierda y, sabes de sobra, que ninguna virgen te va a sacar de allí. Sin embargo, es cómodo. Te permite no pensar. Hace mucho que no lo haces.

La “paz barata” que recibes a cambio de tu comodidad es el precio que has pagado por dejar de pensar. Tú sabes que ellos se aprovechan de esta situación. Conoces quiénes son y lo que quieren de ti. Sabes que esa “paz barata” es más bien “una tregua” que se romperá en el momento que digas “hasta aquí”. Una vez hayas pasado esa línea (con la que sueñas cada día) ya nunca volverás a ese lugar. Sin embargo, no tienes claro si eso es bueno o malo. Dudas constantemente de todo porque ya no sabes quién eres ni lo que deseas. Tampoco los demás te ayudan a entenderlo: están tan perdidos o más que tú. Te sientes solo.

Los mejores momentos son aquellos en los que te evades. Eres capaz de abstraerte del mundo viendo durante 6 horas truños de serie B o jugando a la Play. También te atreves con cosas peores. Lo sabes y no te importa. Tu tiempo no vale nada. Solo deseas que pasen los días y avancen las horas para alcanzar otros días y fulminar otras horas…y así sucesivamente.

Intuyes que estás lleno de talento. Es cierto que tu madre no ha parado de recordártelo desde que eres pequeño pero tú sabes que, además, es verdad. Eres un magnífico escritor y darías lo que fuese por cruzar el mundo en barco. No paras de mirar en Internet veleros y travesías por lugares con los que no paras de soñar. Te mueres por hacerlo para después escribirlo y compartirlo con los tuyos. Sin embargo, cada día te ves más lejos de tus sueños. La gente de tu alrededor no para decirte que no pierdas el tiempo pensando en esas tonterías y que pongas los pies en el suelo. ¿Qué suelo?, piensas. Hace mucho tiempo que no pones un pie en tierra firme.

Te has dejado la piel para llegar hasta aquí: una tierra estéril y hostil. Echas la vista atrás y te recuerdas emocionado esforzándote por un fin. Ahora, que ya has conseguido lo que quieres –al menos en lo material- te ves a ti mismo en las antípodas de tu felicidad. Te das cuenta de que has entregado lo mejor de ti mismo a una gente sin escrúpulos a cambio de un poco de “paz barata”. Si has llegado a este párrafo ya sabes de sobra el precio que cuesta esta paz.

Has sentido la derrota en tus carnes y la mirada ajena del “fracaso”. Te sientes engañado y defraudado. La rabia se apodera de ti. Tranquilo, es el siguiente paso. Tienes más veneno que sangre en las venas y eso te impide vivir con normalidad. Estás enfermo y cansado. Una pregunta te machaca la cabeza constantemente: “¿por qué?” No pasa nada. Tenías que llegar aquí para iniciar la nueva aventura: la de descubrirte a ti mismo.

Te acabas de dar cuenta de que en este nuevo contexto ya no funcionan las reglas que siempre te han servido. No importa. Sin darte cuenta, mientras te dabas a ti mismo a cambio de una “paz barata”, aceptaste sin cuestionarte las reglas de otros. No te preguntaste ¿por qué? ni ¿para qué? Simplemente las acataste sin más. Luego, cuando empezaste a darte cuenta de que esas reglas no te beneficiaban a ti sino a otros, decidiste dar marcha atrás pero reculaste. Estabas paralizado por el miedo. No te preocupes. El mero hecho de dudar ya te sitúa en un lugar privilegiado.

Te recuerdas a ti mismo con lágrimas en los ojos. Has llorado mucho y te has autompadecido frente al espejo. Te has regodeado en tu propia miseria y se la has transmitido a los demás. No te preocupes. No podías darles otra cosa en ese momento. El miedo, el cortisol y la angustia te han hecho enfermar. Sin embargo, te recuperarás. Si has llegado hasta aquí significa que no te estancaste y aunque no sabes bien hacia dónde…has tomado una dirección.

Estás en el momento del cambio. Conoces el camino que te lleva a la aceptación y el precio que vas a pagar por ello. Ya lo has hecho antes y sabes dónde te lleva. Ya has avanzado porque has aprendido. No volverás a caer en el mismo error. Ahora tendrás la oportunidad de equivocarte en cosas distintas. En la “falsa” zona de seguridad tampoco se aprende. Sabes de sobra, además, que tampoco es segura ni agradable. El peaje que hay que pagar para vivir en ella termina convirtiéndose en una deuda de por vida. Estás convencido de que hay sitios mejores. Si estás aquí, ya has llegado mucho más lejos de lo que jamás habías imaginado.

En breve, vas a iniciar un nuevo camino. El día que dijiste “hasta aquí” comenzaste a marcar el rumbo. Tu vida, como el velero con el que siempre sueñas, viró unos cuantos grados y desde entonces se dirige hacia un nuevo y apasionante destino. El hecho de pensarlo te emociona. Hace mucho tiempo que no te sentías así de bien. Solo has empezado a virar. Imagínate cuando comiences a recorrer este nuevo camino que además has elegido tú.

La primera parada en este nuevo recorrido se llama aceptación de la incertidumbre. Deberás desaprender conductas falsamente protectoras del riesgo al cambio. Es la única manera de alcanzar el siguiente estadío: la confianza en tus capacidades (hasta ahora ignoradas). Cuando llegues aquí dejarás de ser espectador y pasarás a convertirte en el actor principal de esta nueva vida, que tú mismo has elegido. A estas alturas ya sabes que es un viaje sin retorno. Estás preparado para ver “lo esencial”, que como decía el escritor Antoine de Saint-Exupéry ,“es invisible a los ojos”. Aunque has escuchado hasta la saciedad la frase “ser dueño de tu propia vida” ahora realmente sabes lo que significa.

Bienvenido a tu nueva realidad.

El lenguaje secreto de las organizaciones. Entre el error y el terror solo hay una "t" de distancia.



De la indignación a la indiferencia

Parece que en este contexto la vida del padefo paganini se convierte en una carrera de obstáculos que tiene como resultado su resignación y agotamiento. Si enciende la tele “la realidad” es demoledora: corrupción, estafas, empresauros codiciosos, escándalos políticos. Si va al curro, su día a día es un camino de espinas cuyo destino es la cruz. Y si queda con los amigos para tomarse una birra, las conversaciones giran entorno a la crisis y al paro. Frente a semejante panorama el padefo tiene dos opciones: suicidarse o matar a la humanidad de un bombazo.

















El miedo y la sensación de indefensión le tienen atenazado y por eso, ante la duda, no se mueve (no sea que le vaya a caer otra hostia). Además, reza para que un milagro le salve de esta situación. Aparte de encomendarse a Dios y a los santos ecuménicos, todavía sigue esperando que el Estado y las empresas le saquen de ésta. Sin ellos, el padefo no sabe sobrevivir económicamente. Resultado de esta perversa dependencia ha nacido una nueva forma de esclavitud contemporánea en la que los grilletes han sido sustituidos por el miedo y desesperación. Como vemos, una forma más sofisticada y estilosa de privar a la humanidad de libertad.

Hace poco leí en Internet que tendríamos que dejar de echarle la culpa a la gota que colmó el vaso y hacernos cargo de la comodidad con la que nos sentamos a esperar que se llene. La libertad, por tanto, se escapa ante nuestros ojos ante la más absoluta de las parálisis. Y es que el padefo, además de esclavo también es un poco vago. O lo que es lo mismo: le resulta más fácil seguir los dictados del mundo empresarial que ser responsable de su propia vida. La clave está en el error. En cometerlo pero también en asumirlo. Entre el error y el terror solo hay una “t” de distancia. Por eso, tan a menudo van de la mano.

Dado que la presión ejercida por los empresauros y los ministerios de la ingobernación es cada vez mayor, en los últimos tiempos parte de la ciudadanía ha despertado de su estado de hibernación expresando su inconformismo a través de la pancarta y el megáfono. Lo que se conoce popularmente como “indignación” y “cabreo soberano”. Pero para llegar a este “punto de no retorno” los nuevos desobedientes del orden establecido primero han tenido que superar cuatro estados del alma.

1º Estado de indignación. En otras palabras, el padefo tiene una pelota de pelos tan gorda en la garganta que ya no puede ni respirar. Ha tragado tanta quina que si pica a alguien lo mata. Desearía fulminar a su jefe, al vecino del tercero y a Rajoy sin embargo, no explota. El pitorro de la olla deja liberar un poco de presión: la suficiente para que ese día no salga en los periódicos. Esta emoción (o “contención”) no se traduce en movimiento ni en cambio social. Por eso, el padefo, suele dar con sus huesos en el siguiente estado anímico: la frustración.

2º. Estado de frustración. Se produce cuando el sentimiento de decepción invade al padefo debido a que no se cumplen sus esperanzas y expectativas. Sin embargo, es difícil que se cumplan ya que aún no ha dado un solo paso. Solo ha abierto un poco el pitorro de la presión para que no estalle la olla.

3º Estado de resignación. El padefo ha invertido más fuerza y energías en contener la presión de la olla que en liberarla de una forma sana. El resultado: la pelota de pelos no solo le invade la garganta. También le atraviesa el estómago y ha llegado a taponarle el culo. Fruto del cansancio físico y el agotamiento mental experimenta una profunda impotencia por no poder cambiar el sistema en el que vive.

4º Estado de indiferencia. De pronto el padefo se vacía y desarrolla la sensibilidad de un champiñón. Se la empieza a pelar absolutamente todo. De esta forma, la aberración que invade el mundo –y que no es capaz de frenar- al menos no le afecta.

El padefo puede elegir caer en la victimización más absoluta o aprender a interpretar y decodificar el nuevo lenguaje que marca esta nueva era. Este momento histórico: la del apogeo del empresauro hispánico también es la de la responsabilidad y el talento. En este nuevo contexto, el padefo –para poder sobrevivir- necesitará llevar a cabo un profundo cambio de mentalidad. En otras palabras, tendrá que aprender a relacionarse con el mercado laboral de una forma más libre, madura y responsable. Esto pasa necesariamente por hacerse mayor y dejar de depender del Estado, las empresas y bancos para obtener los medios económicos (seguridad) que se supone, necesita, para poder vivir “dignamente”.

En la mayor parte de los casos, la raíz de la situación de dependencia económica y emocional del padefo es el “miedo a la libertad”. Es decir, el temor a adentrarse en los territorios de la incertidumbre y el cambio constante. Ambos, muy alejados del mundo que conocieron sus padres: una era en la que el amor y el trabajo tenían consistencia, peso y durabilidad.  En cambio, en el nuevo contexto estos aspectos se tornan leves, volátiles, digitales y discontinuos. En él, la trayectoria vital de las personas se transforma en la suma de una serie de acontecimientos desligados que difícilmente pueden conformar una “lógica” biografía. Richard Sennet, en su libro “La corrosión del carácter” lo define de la siguiente manera.

“Desde el punto de vista operacional, todo es perfectamente claro; desde el punto de vista emocional, en cambio, terriblemente ilegible”.

A lo que añade:

“El cambio múltiple e irreversibe, la actividad fragmentada, pueden ser cómodos para los nuevos amos del régimen, como la corte de Davos, pero pueden desorientar a los sirvientes del régimen”.

El lenguaje secreto de las organizaciones. Cómo se transforma una empresa en Ciencia Ficción



Cómo ser padefo y morir en el intento

En el transcurso de los siguientes meses, Misifú, directiva loca de una empresa más loca, –incapaz de tomar una decisión sensata- va postergando cada movimiento estratégico que envuelve el proyecto. Sus malas decisiones y falta de criterio van quedando recogidas en un acta detrás de otra, que como no podía ser de otra manera, quedan archivadas en el cajón de los delirios olvidados. Mientras tanto, las huestes y los padefos sin dormir y tampoco sin poder comer. Misifú, que piensa que los padefos, además de no tener derecho a respirar tampoco lo tienen a comer, ordena traer unos bocatas a las reuniones. Los padefos, echan migas de pan en los cuadernos mientras toman notas como locos, especialmente la que toma el acta: en un primer momento la escritora. Así al menos, tan infame documento, tendría categoría de literatura de Ciencia Ficción. Una vez Paquito, por órdenes de Misifú, ha puesto en la puta calle a la escritora junior pone a levantar acta a la profesora. Para su desgracia –o más bien para su suerte- la despiden en tres semanas. Pero no pasa nada, aún queda una gilipollas para tomar notas: la jefa de Marketing.



















Como se ha adelantado, en cuestión de tres meses se cepillan a dos padefas junior. La última, un ser angelical de veintipocos años, le hacen un siete en “el culo” que recordará durante el resto de su vida. La cosa, por muy increíble que parezca sucedió así:

Adelita, la Directora de Recursos Inhumanos por aquel entonces, llama por teléfono a Paquito:

-       Hola Paco, Pepita no ha aparecido por mi despacho a firmar el despido; dice –imaginamos-con tono solemne.
-       ¡Hostias! Se me ha olvidado. Ahora mismo la despido; responde Paquito como si se le hubiera olvidado entregar un informe.

Pepita, que estaba saliendo por la puerta porque tenía que coger un tren a Segovia en una hora es interrumpida por Paquito en ese momento.

-       Pepita, ¿te vas ya?, pregunta Paquito como si no fueran las dos y media de un viernes.
-       Sí, claro, responde Pepita. Te dije que hoy me tenía que ir a mi hora (ojo al dato) ya que tenía que coger el tren para ir a casa de mis padres en Segovia para recoger los enseres del traslado. -¿Te acuerdas?, añade inocentemente. –Ayer te dije que mi chico y yo íbamos a recoger las llaves del piso que hemos alquilado. -¿Hay algún problema?, pregunta oliéndose que evidentemente había uno y muy gordo.
-       Sí, Pepita, lamento comunicarte que tenemos que prescindir de ti; añade Paquito.
-       ¿Y no me lo pudiste decir ayer cuando firmé el contrato del piso y recogí las llaves?, increpa Pepita con un pie ya en el SEPE.
-       No, lo siento, me lo acaban de comunicar; contesta Paquito de forma vergonzosa, con la única idea en la cabeza de lo que le iba a hacer Misifú si esto llegaba a sus oídos.

Pepita, con los ojos llenos de lágrimas –más adelante se dio cuenta de que es lo mejor que le pudo pasar en la vida- fue al Departamento de Recursos Inhumanos y se marchó por el mismo sitio por donde había entrado. Tardó tiempo en comprender que no fue ella la que falló sino la empresa que no sabía lo que buscaba y aunque lo hubiera tenido claro, de cualquier forma, la habrían destrozado la vida al dejarla a merced de mentes tan enfermas como las de Paquito y Misifú.

Paquito, que a estas alturas de la película ostentaba el título de loco mayor del reino –con el permiso de Misifú- siguió trabajando como si nada hasta las ocho de la tarde. Total, no tenía nada mejor que hacer en una ciudad donde no tenía ni ilusiones ni amigos. Si no ponía los pies en su casa, al menos, no atracaría la nevera.

Como era de esperar, según pasaban los días, los delirios de Misifú y Paquito eran cada día más llamativos y alarmantes y las caras del resto de equipo de padefos más tristes y taciturnas. Los pobres padefos, en todo este clima de delirio colectivo, cada día estaban más bloqueados. Por fortuna, sus mecanismos de defensa internos, se habían activado y sus cerebros habían comenzado a desenchufarse. De otra manera no hubieran podido resistir un espectáculo tan dantesco. Algunos de ellos empezaron a caer en depresión. Después de tanta sinrazón se dieron por vencidos y tiraron la toalla. Solo en el momento en el que pudieron empezar a descansar empezaron a encajar todas las piezas del puzzle. Les parecía absolutamente incomprensible lo que habían vivido. No daban crédito. Sobre todo porque no encontraban respuesta ni explicación a toda esa demencia. Más adelante entendieron que el delirio es inexplicable. Entonces concentraron sus energías en recuperarse y a no en encontrar una explicación que era inexistente. En ese momento les atravesó una ráfaga de aire frío por su cuerpo y decidieron que nunca más volverían a poner un pie en un lugar tan enfermo.

El lenguaje secreto de las organizaciones. Claves de la relación sadomasoquista entre empresauro y subordinado


Sadomasoquismo laboral y otras perversiones


Solo en un contexto de carencias educativas y emocionales nace la relación simbiótica (en ocasiones, sadomasoquista) entre empresauro y sus huestes medievales. La clave aquí está en la autoestima del zombie que, progresivamente, en un ejercicio de tira y afloja constante con el empresauro, termina desarmándose hasta convertirse en un ser sumiso y ciego. 



















Se trata de, en la mayor parte de las ocasiones, de seres cabizbajos, taciturnos, rencorosos y frustrados que en algún momento de su vida han sufrido abusos por parte de otras personas con resultados nefastos en su personalidad. Una vez que el empresauro detecta esta debilidad, comienza a desmontar su dañada personalidad hasta que un día no se reconoce a sí mismo como las persona que un día fue. El proceso es burdo y kafkiano pero los resultados en Españistán hablan por sí mismos. También los padefos suelen entrar en esta dinámica por la cuarta parte del sueldo de quien les somete, su señor feudal. Las víctimas convertidas en verdugos se repiten hasta el infinito creando una atmósfera de ahogo y desesperación en los lugares de trabajo. En lugar de existir creatividad en los trabajadores, hay enfermedad. En vez de ilusión por los proyectos, existe depresión.

Al final, las únicas beneficiadas de toda esta espiral inaudita en la que prima el poder bruto, la mediocridad y las relaciones interpesonales distorsionadas son las empresas farmacéuticas, que no paran de producir pastillas para que el personal se enajene de toda esta catástrofe emocional. Parece imposible pero pasa todos los días en muchas empresas de Españistán.

Para entender este juego de perversión laboral y moral hay que hacer mención al concepto de “norma”. En las empresas hispánicas es el empresauro quien las dicta de manera arbitraria pero como sus ejércitos no las cuestionan –primero por miedo, y después cuando caen enfermos, por convicción ciega- en este punto empieza a enredarse todo. De manera que una ocurrencia que se le pasaba por la cabeza en ese momento a un empresauro mediocre termina convirtiéndose en una verdad suprema e incuestionable. Al final no solo tiene la culpa el empresauro que no para de parir estupideces y ordinarieces sino el propio ejército de zombies que es el encargado de revestirlas con un manto de armiño para dotarlas de categoría de Ley. A partir de ahí, lo que era una gilipollez empieza a tornarse en verdad y más adelante, cuando los padefos no soportan más irracionalidad, en enfermedad colectiva.

Las reglas del juego se quiebran en el momento en el que la gente sana se deja llevar por la irracionalidad sin cuestionarla. Fue, precisamente, Heinz Leymann, el primer investigador y pionero en la divulgación del acoso psicológico (o  mobbing) en Europa, quien pone sobre la mesa un argumento tan tajante como demoledor: “una sociedad que deja impune el ejercicio de la violencia y a los violentos está perdiendo sus valores y entregándoles, sin la más mínima queja, el poder de dictar las normas”. Si entendemos esto, queda claro que papel juega cada uno en este perversa relación laboral en la que unos cuantos dejan a merced de un “dictador” sus derechos y, por qué no decirlo, también sus ojos.

El lenguaje secreto de las organizaciones. Tipos de reuniones en las empresas de Españistán


Las claves de la demencia laboral

Hay que saber diferenciar entre diferentes tipos de reuniones en las empresas de Españistán. Por un lado, están los Comités de Incompetencia, que en territorio hispánico suelen superar las tres horas de duración. Por otra parte, cabe destacar las Reuniones de Paripé de trabajo. A ellas suelen asistir las huestes medievales, los padefos y algún becario. En este tipo de encuentros “sobrenaturales” se pone en marcha lo acordado en el último Comité de Incompetencia, si es que del acta se puede extraer alguna conclusión o “action point” (comúnmente conocido como “marrón” para padefos). 



















Otro tipo de reuniones menos habituales son los Encuentros de Hermandad. En ellos, las huestes medievales –a petición del empresauro hispánico- arengan a los padefos e intentan estimular su honestidad. Como si de sus amigos se tratase, el señor medieval, en un acto de hermanamiento excepcional, se pone del lado del padefo para que le cuente las mejoras que pueden llevarse a cabo en el departamento o aquellas sugerencias que pueden estimular el trabajo y la creatividad del grupo. 

El padefo, en este tipo de reuniones insólitas, intenta callar en la medida de lo posible. Sin embargo, al final, el señor medieval se ve en la obligación de tirarle de la lengua ya que debe rendir pleitesía al empresauro y llevar a su despacho un informe de seguimiento de hermandad. El padefo, con un poco de sofoco en el cuerpo, suelta la primera gilipollez corporativa que se le viene a la cabeza y con eso cumple el cupo. El señor medieval toma nota (de hecho, es la única reunión en la que apunta algo) y vuela al despacho del empresauro para entregarle la información. Normalmente este último, se suele limpiar el culo o hacer un avión con ella. Otra de las reuniones habituales del chiringo hispánico es La llamada a Filas, traducido como “Vente a mi despacho cagando leches”. 

A este tipo de reuniones acuden todos excepto el becario, que nadie sabe lo que hace, especialmente su jefe. Cuando el trabajador recibe la llamada a filas, sabe de antemano que nada bueno le va a caer, especialmente si la persona que llama es del Departamento de Recursos Inhumanos. Aquí pueden pasar dos cosas: bien el jefe tiene que humillar de una forma extremadamente insultante a su subordinado –para lo cual necesita intimidad y ausencia de testigos- bien ha de comunicarle una putada de dudosa legalidad. La llamada a filas, en cualquier caso, es siempre lo peor que le puede pasar a un padefo. Muchos de ellos se cagan antes de llegar a su destino.

Para entender este contexto de demencia me gustaría hacer alusión a un pensamiento de José San Martín. En él se vislumbra la clave de esta demencia laboral. La soberbia, según San Martín, “es una discapacidad que suele afectar a pobres infelices mortales que se encuentran de golpe con una miserable cuota de poder”. En efecto, el empresauro hispánico anda sobrado de prepotencia y narcisismo. Cree que está ahí por la gracia de Dios (que no ha escogido a otros sino a él). Esta soberbia adquirida (en la mayoría de las ocasiones innata pero hasta que no tienen una cuota de poder no la exhiben de manera obscena) es el caldo de cultivo perfecto para conseguir adeptos a su causa: pobres infelices, carentes de personalidad y empuje que harán todo lo que el empresauro les pida a cambio de un poco “cariño” y “reconocimiento”. Éstas son sus huestes, ejércitos de zombies con una necesidad de aceptación infinita, producida normalmente por carencias emocionales. 

El zombie, mando intermedio o señor feudal, no nace, se cultiva a base de violencia. Es el trabajo más preciado del empresauro, que en vez de dedicar sus esfuerzos a la creación productiva, se centra en cultivar y mimar a su guardia pretoriana.

El lenguaje secreto de las organizaciones. La época del empresauro hispánico



Contexto: la época del empresauro hispánico.

El mundo se compone de dos grandes castas: los que tienen más comida que apetito y los que tienen más apetito que comida.
Chamfort

La tolerancia es un crimen cuando lo que se tolera es la maldad
Thomas Mann


Este término no lo he inventado yo. Desde hace tiempo es popular en Internet y en las redes sociales. Dícese de aquel espécimen de Españistán, que un día le dijeron en su casa que era “espabilao”. Se trata de una persona “hecha a sí misma”, que montó negocio –normalmente distribuidora o empresa intermediaria- y desde entonces, bajo las indicaciones de la “Asesoría Pepe” le quita el sueño a los “padefos” (trabajadores-que-pasan-de-follones) para embolsarse más beneficios en sus arcas y de paso defraudar a Hacienda. Cuando le pillan cometiendo una infracción gorda, entonces se declara insolvente y paga el Fogasa (que como Hacienda, somos todos). Habitualmente amenaza a los padefos con despedirles si no cumplen con sus desmanes e ideas de bombero. 

Los empresauros se consideran a sí mismos una especie superior (“yo me forro a costa de todos estos gilipollas”) y creen que la ley no está hecha para ellos. A menudo confunden los límites de su negocio con las “fronteras” del mundo. No en pocas ocasiones se tiran a una secretaria demente que terminan colocando como Directora General. Ésta suele rodearse de sus huestes mediavales, normalmente individuos tan locos como ella pero con un poco menos de poder, que se dedican a descender en sus equipos toda la humillación, frustración y demencia de su inmediata superior.














Al final de la cadena hay unos padefos que hacen horas extras para no perder el empleo, ponen en marcha las insensateces de sus jefes y repiten el trabajo una y otra vez para no conseguir nada. Al final, cuando les han inflado mucho las pelotas, le enseñan a su señor medieval la “boñiga de salvación”, un trabajo de calidad infame y desprovisto de creatividad que encaja en cualquier situación de emergencia. En el mundo de la publicidad, se trata de un anuncio en el que sale una mami medio en pelotas anunciando un yogur bio. La quintaesencia de la mediocridad.

En este contexto de irracionalidad supina, unos y otros se quejan y lamentan pero no hacen nada para solucionarlo. Y mientras los presupuestos se cuelan por el agujero del váter por la mala gestión de los empresauros y sus huestes, algún padefo sale a la calle porque no les cuadran las cuentas. Éste, después de haber tragado quina a mansalva y haber echado más horas que un desgraciado, se ve en la puta calle con 20 días por año trabajado. Esto en el mejor de los casos porque normalmente, el empresauro hispánico, a través de sus huestes medievales, humilla y veja al padefo públicamente hasta que éste decide irse con una mano delante y otra detrás. Así se ahorra el despido y la indemnización.

De esta manera, la empresa -también conocida como “chiringo hispánico”, “cárnica”, “Reinos de Taifas” o “ínsula de Barataria”- en vez de generar productos y servicios diferenciados se convierte de forma progresiva en un psiquiátrico de gestión privada (o pública, según se mire, porque las bajas a la Seguridad Social las pagamos todos los españolitos). Antes de asistir a los Comités –un formato de reunión en el que unos hablan para escucharse a sí mismos, otro presta atención porque toma el acta y los padefos apuntan como locos porque un marrón les va a caer- empiezan a rular los orfidales con tanta generosidad como el café. Sí, efectivamente, aquellos que aún no han perdido la cabeza tienen que drogarse para soportar tan soporíferos y ridículos encuentros. 

Al final de estos Comités, el padefo se va con las cosas menos claras que cuando entró y si se le ocurre preguntarle a su señor feudal, éste se inventa la primera majadería que se le viene a la cabeza y si luego no coincide con la petición del empresauro –lo que viene siendo habitual- entonces ponen al padefo a caer de un burro acusándole de incompetencia. De vez en cuando la cagada es gorda. Entonces, ahí todos pillan: padefos, huestes medievales y hasta el bedel. 

El lenguaje secreto de las organizaciones. Introducción.


Aquellos que no aprenden nada de los hechos desagradables de sus vidas, fuerzan a la conciencia cósmica a que los reproduzca tantas veces como sea necesario para aprender lo que enseña el drama de lo sucedido. Lo que niegas te somete. Lo que aceptas te transforma.
Carl Gustav Jung



INTRODUCCIÓN. La superficie de las cosas

Solo hay que echarle un vistazo a la home de diferentes consultoras para darse cuenta del mensaje tan vacío que transmiten. Casi todas ellas responden al mismo patrón: una fotografía de un banco de imágenes en la que aparece una ejecutiva nórdica o de “color” con un desfasado traje a rayas de los años 90. Sujeta un cuaderno en blanco, sin un solo tachón, y nos mira sonriente. Aún desconocemos qué hay detrás de esa sonrisa. En un segundo plano, tres personas más que conversan sobre algo aparentemente irrelevante. Una de ellas lleva otro cuaderno sin estrenar. En un lugar destacado de la página, el nombre de la firma subrayado por la frase: “nuestra apuesta: las personas”.

















Si uno hace una segunda lectura, en esta ocasión más reflexiva, se puede preguntar si la empresa en cuestión se dedica a apostar por el talento de las personas o si realmente éstas son el objeto de su apuesta. Da igual, en el 100% de los casos son frases vacías y carentes de contenido. Aunque lo pretenden no pueden decir nada porque las personas que las escribieron desconocen la cultura de esa compañía o lo que es peor: están inmersas en ella. Si las empresas fueran coherentes con lo que piensan (y hacen) probablemente la frase quedaría de la siguiente forma: “apostamos con las personas”. De esta forma, cultura y comunicación quedarían perfectamente alineadas. Eso sí, es probable que esta circunstancia no invitase a sus públicos a comprar más.

















Llevo más de 15 años en el mundo de la comunicación en Españistán. Un tiempo récord para tratarse de este país: un lugar repleto de incoherencia comunicativa y zafiedad insultante en las formas. Lo mismo da que trabajes en un medio de comunicación, en una agencia de publicidad o en una empresa. Los mecanismos de distorsión comunicativa se llevan a cabo con impunidad en todas partes. Sin embargo, la distorsión “inevitable”, en otros lugares del mundo se desarrolla con más disimulo y delicadeza. En esta gloriosa nación europea, sin embargo, esta tergiversación informativa  es burda y soez. Carece de contenido lógico y está repleta de formas soberbias y prepotentes que coinciden, a la postre, con el carácter de los empresauros hispánicos que las ordenaron. ¿Incoherencia comunicativa, pues? Más bien no. Simplemente hay que hacer una lectura más detenida para comprender su verdadero significado o lo que las empresas quieren decir cuando “dicen”.

En este blog veremos en qué contexto se genera este tipo de comunicación: el tejido empresarial español que alcanzó un grado de soberbia indescriptible durante la época de la burbuja inmobiliaria y que se aferra a los restos del naufragio en el momento “álgido” de la recesión espiritual. En este escenario de depresión económica y moral, sin embargo, hay unos pocos que están sacando una buena tajada. Es más: se están forrando muchísimo a costa de la destrucción de la clase media y el nacimiento de una nueva: el precariado. Y es que “precarios” somos todos menos ellos, que no representan ni un 10% de la población.

También mostraremos algunas claves para interpretar el verdadero sentido de los mensajes que no es el que las empresas, normalmente, quieren transmitir al público sino el que descansa en su lógica interna. En otras palabras, la coherencia entre la estructura de una organización y sus métodos de trabajo y el objetivo que pretenden alcanzar que no es otro que hacerle desear a la gente cosas que no necesitan para así poder vender más. Parece simple ¿no? Pues para generar estos mensajes que cada vez dejan más indiferente a sus públicos existe normalmente todo un proceso de degradación de las personas implicadas en esa tarea. También hablaremos de ello y de cómo el “empresauro” español se sirve del miedo y la necesidad de sus empleados (a los que considera siervos) para generar estas aberrantes formas de comunicación. ¿Pagarías por escuchar una solemne estupidez? Entonces ¿por qué hay personas que sufren en el proceso de creación de estos mensajes? Analizaremos, por tanto, la rueda de la improductividad hispánica en la que se ven inmersos trabajadores-objeto, empresauros y sus huestes medievales. Toda una cadena de “socialización” que genera sufrimiento y desesperación a los primeros, putas y coches de lujo a los segundos y, humillación pública a los terceros. El resultado: al público le importa un carajo el mensaje, el trabajador considera que está haciendo una porquería de comunicación, el empresauro piensa que ha tenido una idea brillante y las huestes medievales toman fluoxetina mientras compran viajes de alta gama en Voyage Privé. ¿A quién beneficia esto? En principio a nadie, ni si quiera al empresauro que tiene que pagar por echar un polvo.

Haremos, por otra parte, especial hincapié en la comunicación interna que se genera en el seno de las organizaciones. Analizaremos qué quieren decir los jefes cuando “dicen” y qué interpretan  los padefos cuando “reciben”. A través de ejemplos concretos, estudiaremos el significado profundo (y real) de términos y expresiones que estamos hartos de escuchar. Frases que nos siguen taladrando el cerebro porque su significado nada tiene que ver con la intención que quiso imprimir su emisor. Esto, además de una notable disonancia, genera una profunda insatisfacción en el receptor. Pondremos, además, especial atención en el ruido ensordecedor que distorsiona e interrumpe las comunicaciones en las empresas de Españistán. De esta forma, cerraremos el análisis del “círculo virtuoso” de comunicación que impide, entre otras cosas, entender y –por tanto- trabajar de forma productiva.

Para terminar, haremos una reflexión sobre el ser humano abordando cuestiones fundamentales como el éxito, la realización, la soledad y la incomunicación. Todo ello para comprender mejor el origen de la irracionalidad colectiva en la que nos hayamos inmersos. Un hombre, como podremos ver más adelante, que se abre paso con dificultad en un mundo plagado de ruidos y que sin embargo, produce un vacío ensordecedor. Es precisamente esa falta de estimulación emocional la que aumenta día a día los ejércitos de padefos, dispuestos a morir por una causa que desconocen. Solo en un contexto de depresión moral tan evidente las organizaciones pueden reclutar a la carta individuos capaces de renunciar a sus derechos por un gramo de aprobación externa. Las empresas, como veremos, no hacen más que aprovechar las circunstancias que envuelven a un individuo sin rumbo y destino, que vaga perdido por un mundo que le es hostil desde que nació.

Sin embargo, no queremos dar un mensaje fatalista. Todo lo contrario. Precisamente en los contextos más convulsos y salvajes la poesía –entendida como una melodía que se eleva entre el ruido- es capaz de surgir y de renovar la existencia de muchas personas afectadas por una civilización letal. Cuanto más extremo el estímulo, más posibilidades tiene el individuo de encontrar su verdad aunque para ello tenga que transitar el camino más oscuro de su alma. Parece que no queda otra. Si queremos que nuestra vida sea íntegra, además de satisfactoria, hay que aprender a darle valor a nuestra extraordinaria capacidad para transformarnos, sea por el camino del anhelo, o lo sea a través del dolor. Lo bueno no es solo vivir cosas bonitas, sino embellecerse en el proceso de duelo y aceptar que las decepciones son la antesala de la sabiduría.