Las claves de la demencia laboral
Hay que saber diferenciar entre
diferentes tipos de reuniones en las empresas de Españistán. Por un lado, están
los Comités de Incompetencia, que en territorio hispánico suelen superar las
tres horas de duración. Por otra parte, cabe destacar las Reuniones de Paripé
de trabajo. A ellas suelen asistir las huestes medievales, los padefos y algún
becario. En este tipo de encuentros “sobrenaturales” se pone en marcha lo
acordado en el último Comité de Incompetencia, si es que del acta se puede
extraer alguna conclusión o “action point” (comúnmente conocido como “marrón”
para padefos).
Otro tipo de reuniones menos habituales son los Encuentros de Hermandad. En ellos, las huestes medievales –a petición del empresauro hispánico- arengan a los padefos e intentan estimular su honestidad. Como si de sus amigos se tratase, el señor medieval, en un acto de hermanamiento excepcional, se pone del lado del padefo para que le cuente las mejoras que pueden llevarse a cabo en el departamento o aquellas sugerencias que pueden estimular el trabajo y la creatividad del grupo.
El padefo, en este tipo de
reuniones insólitas, intenta callar en la medida de lo posible. Sin embargo, al
final, el señor medieval se ve en la obligación de tirarle de la lengua ya que
debe rendir pleitesía al empresauro y llevar a su despacho un informe de
seguimiento de hermandad. El padefo, con un poco de sofoco en el cuerpo, suelta
la primera gilipollez corporativa que se le viene a la cabeza y con eso cumple
el cupo. El señor medieval toma nota (de hecho, es la única reunión en la que
apunta algo) y vuela al despacho del empresauro para entregarle la información.
Normalmente este último, se suele limpiar el culo o hacer un avión con ella.
Otra de las reuniones habituales del chiringo hispánico es La llamada a Filas,
traducido como “Vente a mi despacho cagando leches”.
A este tipo de reuniones
acuden todos excepto el becario, que nadie sabe lo que hace, especialmente su
jefe. Cuando el trabajador recibe la llamada a filas, sabe de antemano que nada
bueno le va a caer, especialmente si la persona que llama es del Departamento
de Recursos Inhumanos. Aquí pueden pasar dos cosas: bien el jefe tiene que
humillar de una forma extremadamente insultante a su subordinado –para lo cual
necesita intimidad y ausencia de testigos- bien ha de comunicarle una putada de
dudosa legalidad. La llamada a filas, en cualquier caso, es siempre lo peor que
le puede pasar a un padefo. Muchos de ellos se cagan antes de llegar a su
destino.
Para entender este contexto de
demencia me gustaría hacer alusión a un pensamiento de José San Martín. En él
se vislumbra la clave de esta demencia laboral. La soberbia, según San Martín,
“es una discapacidad que suele afectar a pobres infelices mortales que se
encuentran de golpe con una miserable cuota de poder”. En efecto, el empresauro
hispánico anda sobrado de prepotencia y narcisismo. Cree que está ahí por la
gracia de Dios (que no ha escogido a otros sino a él). Esta soberbia adquirida
(en la mayoría de las ocasiones innata pero hasta que no tienen una cuota de
poder no la exhiben de manera obscena) es el caldo de cultivo perfecto para
conseguir adeptos a su causa: pobres infelices, carentes de personalidad y
empuje que harán todo lo que el empresauro les pida a cambio de un poco
“cariño” y “reconocimiento”. Éstas son sus huestes, ejércitos de zombies con
una necesidad de aceptación infinita, producida normalmente por carencias
emocionales.
El zombie, mando intermedio o señor feudal, no nace, se cultiva a
base de violencia. Es el trabajo más preciado del empresauro, que en vez de
dedicar sus esfuerzos a la creación productiva, se centra en cultivar y mimar a
su guardia pretoriana.

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