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sábado, 30 de agosto de 2014

El lenguaje secreto de las organizaciones. Perversiones de una directiva bipolar



Desmontando a Paquito

Paquito, subordinado de Misifú (Directora de una importante editorial de cuyo nombre no puedo ni quiero acordarme) cada vez que pone el pie en una reunión, recibe una somanta pública de hostias por parte de su ama. Es el precio, piensa, que merecidamente tiene que pagar para demostrar que es alguien. El resto de las huestes medievales, mientras Misifú somete a tortura a Paco el encargao, callan como putas. Mejor que pille Paquito y no ninguno de ellos. Pero eso tampoco es cierto. Misifú, con las hormonas a flor de piel y sin medicación desde hace seis meses, tiene para todos. A ella no la mea ni dios. Ni si quiera el jefe supremo, que ya no se atreve ni a follársela. El terror, reina en la empresa.



















Paquito, poco después de la vuelta de Misifú de su baja por maternidad, peta y le internan en un psiquiátrico unos meses por psicosis. El grado de tensión y estrés era tal que un día, en presencia de sus compañeros, le da un brote psicótico y va directo al hospital. Misifú toma de nuevo el relevo y le manda flores todas las semanas a Paquito al hospital. Éste se siente eternamente agradecido por eso y porque además, le nombra padrino de su hijo. El enredo personal y laboral ha ido tan lejos que ya nadie sabe dónde están los límites de las cosas. La empresa empieza plantearse seriamente si debe colocar entre sus filas a un médico para mantener con vida a su tan deteriorada plantilla. Todo esto por un polvo, piensa uno, pero como puede verse la cosa no es tan sencilla.

Recién parida y con un chute de hormonas que le dan un aspecto saludable y magnífico, Misifú vuelve a ocupar su poltrona. Se muestra amable y condescendiente con sus huestes. Los efectos de la maternidad no solo se dejan sentir en su piel sino también en su carácter. Sigue sin tomar la medicación y además cree que está curada. Error. El diagnóstico es el que es y la enfermedad es incurable. Sin embargo, su carácter narcisista –uno de los rasgos de la personalidad asociados a la psicopatía- le hace creer que ella está por encima del bien, del mal y de los médicos. Chúpate esa. La absoluta falta de empatía por las personas que la rodean, en poco tiempo, vuelve a brotar. Lo lleva dentro y no puede evitarlo (además de no querer evitarlo, lo que es un punto más en la escala de perversión de todo este asunto). Sus súbditos, incluido su antiguo amante, se preparan para la que les viene encima.

El efecto rebote, como era lógico, no se hace esperar y Misifú, convertida en Atila, empieza a pegar hostias a todo el que se menea. Si abres la boca, hostia; si coges el teléfono, hostia; si no lo coges, hostia; si pasas por allí, hostia…Las huestes medievales, que no paran de recibir por todas partes, se cagan por la patilla y en vez de enfrentarse a su agresor, echan toda la mierda y la frutración sobre sus padefos que reciben tantas hostias o más que ellos. Y es que Atila, donde pone el pie no es que no crezca la hierba es que hace un boquete de dimensiones descomunales. Las crisis de ansiedad y las bajas por depresión empiezan a ser el pan nuestro de cada día. Y los padefos, que antes se cagaban cuando recibían una llamada del Departamento de Recursos Inhumanos, ahora salen despavoridos a firmar su despido. Al menos así, pueden salir de allí con paro.

En el Departamento de Recursos Inhumanos se sienten desbordados por toda la porquería que tienen entre las manos. Sin embargo, en vez de reaccionar con valentía y profesionalidad, deciden salvar su culo, callando y otorgando. No se atreven ni abrir la boca no sea que vayan a recibir una hostia. 

El lenguaje secreto de las organizaciones. Misifú y Paquito, una historia de sadomasoquismo laboral



Más perversiones laborales

El colmo de toda la locura en la empresa hispánica llega el día en el que a la Directora que se tira al jefe, en adelante Misifú, se le ocurre la feliz idea de embarazarse. Además de cordura –como hemos visto en post anteriores- carece de semental así que decide irse a una clínica para que le metan un jeringuillazo y así cumplir sus sueños de ser madre. 















La naturaleza, que es sabia, había intentado por todos los medios evitar que Misifú pasase su deteriorado material genético a un retoño pero la Ciencia, que para eso se ha inventado (piensa ella), le va a dar lo que la propia naturaleza le ha negado: un vástago. Esto no quiere decir que este método sirva y haya servido a muchas mujeres a materializar su deseo de ser madres. En eso estamos de acuerdo. Se trata de una ayuda innegable y muy positva. Sin embargo, la Ciencia no debería ponerse al servicio de personas con graves problemas psiquiátricos para llevar a cabo una misión que exige tanta responsabilidad. Si no son capaces de gestionar sus vidas ¿cómo lo van a hacer con un tercero?

Así pues, Misifú se pone manos a la obra y en el límite de los cuarenta (su último tren de fertilidad), se queda preñada. En los nueve meses que dura el bombo, eso sí, deberá dejar de tomar la medicación, contraindicada en el embarazo. Normal. Misifú, que es muy precavida y empieza a pensar por dos (cosa que antes jamás había hecho), sabe que si se despega mucho de los asuntos de la empresa puede perder la silla así otorga al más mediocre y humillado de su ejército de zombies una misión suprema: el mantenimiento del statu quo durante su ausencia maternal. Francisco, conocido como Paco el encargao, es el elegido en tan delicada y magnánima misión. Se trata de un padefo delux que cree que va a heredar la empresa. Después de su inminente ascenso, manera en la que Misifú le recompensa su lealtad, Paco pasa a comerse los marrones y los de su jefa, prácticamente por el mismo sueldo aunque ahora, ostenta el cargo de Assistant Manager. Está a un solo un paso de ser Director.

Para comprender cómo acepta Paquito un marrón de tales dimensiones hay que entender su historia. Gaditano de nacimiento y un poco maricón. Hasta ahí ningún problema. Su familia, de un pueblo perdido de la Sierra de Grazalema, nunca ha entendido a Paquito y su padre es especialmente duro y crítico con él. Paquito, para sobrevivir en un ambiente tan endogámico y hostil, decide buscarse la vida en Sevilla. Va a demostrar a su familia (no a él, ojo al dato) que es valioso y merece el respeto de los suyos. Entonces encuentra un trabajo de comercial en una editorial. Le mete tantas horas al tema que al final terminan haciéndole jefe de delegación. Por eso y porque es un poco trepa y cabrón.

Paquito, ahora Paco el encargao, depende de Misifú que le enseña por un módico precio, técnicas baratas de venta y de supervivencia en el negocio. Paco, que está muy necesitado de afecto, se aferra a las enseñanzas de Misifú que se basan en el terror y el miedo. En ese momento, y debido a sus carencias, Paco hubiera entregado su alma al primer mendigo que pasase por la calle y le demostrase un poco de interés y “amor”. Para su desgracia, quien pasaba por la calle en ese momento era Misifú. Ésta, piensa Paco, le va a dar una oportunidad en la vida de demostrar a los demás que él vale. Porque ese es todo el empeño de Paco: decirle al mundo que es válido.

En realidad, Paco el encargao no tiene ni la más mínima autoestima dentro de su cuerpo. Por ello, difícilmente va a poder demostrar algo a los demás. Sin embargo, piensa que escalando puestos en la escala laboral (y social) se convertirá en un ejemplo a seguir en su familia. Papá pitufo sigue en la idea de que es un fracasado y él se va a encargar de demostrarle ante sus narices todo lo contrario. Misifú, que ha calado hasta los huesos a Paquito, sabe que con una palmadita en la espalda de vez en cuando le tendrá comiendo de su mano. Para eso, también está muy cuerda. Así que, pin-pan, la sucesión está asegurada. Paco cada día echa más horas. Ahora no solo le tiene que demostrar a su padre que es válido sino también a Misifú.

Las servidumbres, por tanto, se han duplicado y Paquito –porque sigue siendo aquel chico triste del pueblo- cada vez tiene más ansiedad. Misifú, al igual que su padre, le da diez de cal y una de arena.