Contexto: la época del
empresauro hispánico.
El mundo se compone de dos grandes castas: los que
tienen más comida que apetito y los que tienen más apetito que comida.
Chamfort
La
tolerancia es un crimen cuando lo que se tolera es la maldad
Thomas
Mann
Este término no lo he inventado yo.
Desde hace tiempo es popular en Internet y en las redes sociales. Dícese de
aquel espécimen de Españistán, que un día le dijeron en su casa que era
“espabilao”. Se trata de una persona “hecha a sí misma”, que montó negocio
–normalmente distribuidora o empresa intermediaria- y desde entonces, bajo las
indicaciones de la “Asesoría Pepe” le quita el sueño a los “padefos”
(trabajadores-que-pasan-de-follones) para embolsarse más beneficios en sus
arcas y de paso defraudar a Hacienda. Cuando le pillan cometiendo una
infracción gorda, entonces se declara insolvente y paga el Fogasa (que como
Hacienda, somos todos). Habitualmente amenaza a los padefos con despedirles si
no cumplen con sus desmanes e ideas de bombero.
Los empresauros se consideran a sí mismos una
especie superior (“yo me forro a costa de todos estos gilipollas”) y creen que
la ley no está hecha para ellos. A menudo confunden los límites de su negocio
con las “fronteras” del mundo. No en pocas ocasiones se tiran a una secretaria
demente que terminan colocando como Directora General. Ésta suele rodearse de
sus huestes mediavales, normalmente individuos tan locos como ella pero con un
poco menos de poder, que se dedican a descender en sus equipos toda la
humillación, frustración y demencia de su inmediata superior.
Al final de la cadena hay unos padefos
que hacen horas extras para no perder el empleo, ponen en marcha las
insensateces de sus jefes y repiten el trabajo una y otra vez para no conseguir
nada. Al final, cuando les han inflado mucho las pelotas, le enseñan a su señor
medieval la “boñiga de salvación”, un trabajo de calidad infame y desprovisto
de creatividad que encaja en cualquier situación de emergencia. En el mundo de
la publicidad, se trata de un anuncio en el que sale una mami medio en pelotas
anunciando un yogur bio. La quintaesencia de la mediocridad.
En este contexto de irracionalidad
supina, unos y otros se quejan y lamentan pero no hacen nada para solucionarlo.
Y mientras los presupuestos se cuelan por el agujero del váter por la mala
gestión de los empresauros y sus huestes, algún padefo sale a la calle porque
no les cuadran las cuentas. Éste, después de haber tragado quina a mansalva y
haber echado más horas que un desgraciado, se ve en la puta calle con 20 días
por año trabajado. Esto en el mejor de los casos porque normalmente, el
empresauro hispánico, a través de sus huestes medievales, humilla y veja al
padefo públicamente hasta que éste decide irse con una mano delante y otra
detrás. Así se ahorra el despido y la indemnización.
De esta manera, la empresa -también
conocida como “chiringo hispánico”, “cárnica”, “Reinos de Taifas” o “ínsula de
Barataria”- en vez de generar productos y servicios diferenciados se convierte
de forma progresiva en un psiquiátrico de gestión privada (o pública, según se
mire, porque las bajas a la Seguridad Social las pagamos todos los
españolitos). Antes de asistir a los Comités –un formato de reunión en el que
unos hablan para escucharse a sí mismos, otro presta atención porque toma el
acta y los padefos apuntan como locos porque un marrón les va a caer- empiezan
a rular los orfidales con tanta generosidad como el café. Sí, efectivamente,
aquellos que aún no han perdido la cabeza tienen que drogarse para soportar tan
soporíferos y ridículos encuentros.
Al final de estos Comités, el padefo se va
con las cosas menos claras que cuando entró y si se le ocurre preguntarle a su
señor feudal, éste se inventa la primera majadería que se le viene a la cabeza
y si luego no coincide con la petición del empresauro –lo que viene siendo
habitual- entonces ponen al padefo a caer de un burro acusándole de
incompetencia. De vez en cuando la cagada es gorda. Entonces, ahí todos pillan:
padefos, huestes medievales y hasta el bedel.

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