Cómo ser padefo y morir en el intento
En el transcurso de los siguientes
meses, Misifú, directiva loca de una empresa más loca, –incapaz de tomar una decisión sensata- va postergando cada
movimiento estratégico que envuelve el proyecto. Sus malas decisiones y falta
de criterio van quedando recogidas en un acta detrás de otra, que como no podía
ser de otra manera, quedan archivadas en el cajón de los delirios
olvidados. Mientras tanto, las huestes y los padefos sin dormir y tampoco sin poder
comer. Misifú, que piensa que los padefos, además de no tener derecho a
respirar tampoco lo tienen a comer, ordena traer unos bocatas a las reuniones.
Los padefos, echan migas de pan en los cuadernos mientras toman notas como
locos, especialmente la que toma el acta: en un primer momento la escritora.
Así al menos, tan infame documento, tendría categoría de literatura de Ciencia
Ficción. Una vez Paquito, por órdenes de Misifú, ha puesto en la puta calle a
la escritora junior pone a levantar acta a la profesora. Para su desgracia –o
más bien para su suerte- la despiden en tres semanas. Pero no pasa nada, aún
queda una gilipollas para tomar notas: la jefa de Marketing.
Como se ha adelantado, en cuestión de tres meses se cepillan a dos padefas junior. La última, un ser angelical de veintipocos años, le hacen un siete en “el culo” que recordará durante el resto de su vida. La cosa, por muy increíble que parezca sucedió así:
Adelita, la Directora de Recursos
Inhumanos por aquel entonces, llama por teléfono a Paquito:
-
Hola Paco, Pepita no ha aparecido
por mi despacho a firmar el despido; dice –imaginamos-con tono solemne.
-
¡Hostias! Se me ha olvidado. Ahora
mismo la despido; responde Paquito como si se le hubiera olvidado entregar un
informe.
Pepita, que estaba saliendo por la
puerta porque tenía que coger un tren a Segovia en una hora es interrumpida por
Paquito en ese momento.
-
Pepita, ¿te vas ya?, pregunta
Paquito como si no fueran las dos y media de un viernes.
-
Sí, claro, responde Pepita. Te dije
que hoy me tenía que ir a mi hora (ojo al dato) ya que tenía que coger el tren
para ir a casa de mis padres en Segovia para recoger los enseres del traslado.
-¿Te acuerdas?, añade inocentemente. –Ayer te dije que mi chico y yo íbamos a
recoger las llaves del piso que hemos alquilado. -¿Hay algún problema?,
pregunta oliéndose que evidentemente había uno y muy gordo.
-
Sí, Pepita, lamento comunicarte que
tenemos que prescindir de ti; añade Paquito.
-
¿Y no me lo pudiste decir ayer
cuando firmé el contrato del piso y recogí las llaves?, increpa Pepita con un
pie ya en el SEPE.
-
No, lo siento, me lo acaban de
comunicar; contesta Paquito de forma vergonzosa, con la única idea en la cabeza
de lo que le iba a hacer Misifú si esto llegaba a sus oídos.
Pepita, con los ojos llenos de
lágrimas –más adelante se dio cuenta de que es lo mejor que le pudo pasar en la
vida- fue al Departamento de Recursos Inhumanos y se marchó por el mismo sitio
por donde había entrado. Tardó tiempo en comprender que no fue ella la que
falló sino la empresa que no sabía lo que buscaba y aunque lo hubiera tenido
claro, de cualquier forma, la habrían destrozado la vida al dejarla a merced de
mentes tan enfermas como las de Paquito y Misifú.
Paquito, que a estas alturas de la
película ostentaba el título de loco mayor del reino –con el permiso de Misifú-
siguió trabajando como si nada hasta las ocho de la tarde. Total, no tenía nada
mejor que hacer en una ciudad donde no tenía ni ilusiones ni amigos. Si no
ponía los pies en su casa, al menos, no atracaría la nevera.
Como era de esperar, según pasaban los
días, los delirios de Misifú y Paquito eran cada día más llamativos y
alarmantes y las caras del resto de equipo de padefos más tristes y taciturnas.
Los pobres padefos, en todo este clima de delirio colectivo, cada día estaban
más bloqueados. Por fortuna, sus mecanismos de defensa internos, se habían
activado y sus cerebros habían comenzado a desenchufarse. De otra manera no
hubieran podido resistir un espectáculo tan dantesco. Algunos de ellos
empezaron a caer en depresión. Después de tanta sinrazón se dieron por vencidos
y tiraron la toalla. Solo en el momento en el que pudieron empezar a descansar
empezaron a encajar todas las piezas del puzzle. Les parecía absolutamente
incomprensible lo que habían vivido. No daban crédito. Sobre todo porque no
encontraban respuesta ni explicación a toda esa demencia. Más adelante
entendieron que el delirio es inexplicable. Entonces concentraron sus energías
en recuperarse y a no en encontrar una explicación que era inexistente. En ese
momento les atravesó una ráfaga de aire frío por su cuerpo y decidieron que
nunca más volverían a poner un pie en un lugar tan enfermo.

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