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sábado, 30 de agosto de 2014

El lenguaje secreto de las organizaciones. Cómo se transforma una empresa en Ciencia Ficción



Cómo ser padefo y morir en el intento

En el transcurso de los siguientes meses, Misifú, directiva loca de una empresa más loca, –incapaz de tomar una decisión sensata- va postergando cada movimiento estratégico que envuelve el proyecto. Sus malas decisiones y falta de criterio van quedando recogidas en un acta detrás de otra, que como no podía ser de otra manera, quedan archivadas en el cajón de los delirios olvidados. Mientras tanto, las huestes y los padefos sin dormir y tampoco sin poder comer. Misifú, que piensa que los padefos, además de no tener derecho a respirar tampoco lo tienen a comer, ordena traer unos bocatas a las reuniones. Los padefos, echan migas de pan en los cuadernos mientras toman notas como locos, especialmente la que toma el acta: en un primer momento la escritora. Así al menos, tan infame documento, tendría categoría de literatura de Ciencia Ficción. Una vez Paquito, por órdenes de Misifú, ha puesto en la puta calle a la escritora junior pone a levantar acta a la profesora. Para su desgracia –o más bien para su suerte- la despiden en tres semanas. Pero no pasa nada, aún queda una gilipollas para tomar notas: la jefa de Marketing.



















Como se ha adelantado, en cuestión de tres meses se cepillan a dos padefas junior. La última, un ser angelical de veintipocos años, le hacen un siete en “el culo” que recordará durante el resto de su vida. La cosa, por muy increíble que parezca sucedió así:

Adelita, la Directora de Recursos Inhumanos por aquel entonces, llama por teléfono a Paquito:

-       Hola Paco, Pepita no ha aparecido por mi despacho a firmar el despido; dice –imaginamos-con tono solemne.
-       ¡Hostias! Se me ha olvidado. Ahora mismo la despido; responde Paquito como si se le hubiera olvidado entregar un informe.

Pepita, que estaba saliendo por la puerta porque tenía que coger un tren a Segovia en una hora es interrumpida por Paquito en ese momento.

-       Pepita, ¿te vas ya?, pregunta Paquito como si no fueran las dos y media de un viernes.
-       Sí, claro, responde Pepita. Te dije que hoy me tenía que ir a mi hora (ojo al dato) ya que tenía que coger el tren para ir a casa de mis padres en Segovia para recoger los enseres del traslado. -¿Te acuerdas?, añade inocentemente. –Ayer te dije que mi chico y yo íbamos a recoger las llaves del piso que hemos alquilado. -¿Hay algún problema?, pregunta oliéndose que evidentemente había uno y muy gordo.
-       Sí, Pepita, lamento comunicarte que tenemos que prescindir de ti; añade Paquito.
-       ¿Y no me lo pudiste decir ayer cuando firmé el contrato del piso y recogí las llaves?, increpa Pepita con un pie ya en el SEPE.
-       No, lo siento, me lo acaban de comunicar; contesta Paquito de forma vergonzosa, con la única idea en la cabeza de lo que le iba a hacer Misifú si esto llegaba a sus oídos.

Pepita, con los ojos llenos de lágrimas –más adelante se dio cuenta de que es lo mejor que le pudo pasar en la vida- fue al Departamento de Recursos Inhumanos y se marchó por el mismo sitio por donde había entrado. Tardó tiempo en comprender que no fue ella la que falló sino la empresa que no sabía lo que buscaba y aunque lo hubiera tenido claro, de cualquier forma, la habrían destrozado la vida al dejarla a merced de mentes tan enfermas como las de Paquito y Misifú.

Paquito, que a estas alturas de la película ostentaba el título de loco mayor del reino –con el permiso de Misifú- siguió trabajando como si nada hasta las ocho de la tarde. Total, no tenía nada mejor que hacer en una ciudad donde no tenía ni ilusiones ni amigos. Si no ponía los pies en su casa, al menos, no atracaría la nevera.

Como era de esperar, según pasaban los días, los delirios de Misifú y Paquito eran cada día más llamativos y alarmantes y las caras del resto de equipo de padefos más tristes y taciturnas. Los pobres padefos, en todo este clima de delirio colectivo, cada día estaban más bloqueados. Por fortuna, sus mecanismos de defensa internos, se habían activado y sus cerebros habían comenzado a desenchufarse. De otra manera no hubieran podido resistir un espectáculo tan dantesco. Algunos de ellos empezaron a caer en depresión. Después de tanta sinrazón se dieron por vencidos y tiraron la toalla. Solo en el momento en el que pudieron empezar a descansar empezaron a encajar todas las piezas del puzzle. Les parecía absolutamente incomprensible lo que habían vivido. No daban crédito. Sobre todo porque no encontraban respuesta ni explicación a toda esa demencia. Más adelante entendieron que el delirio es inexplicable. Entonces concentraron sus energías en recuperarse y a no en encontrar una explicación que era inexistente. En ese momento les atravesó una ráfaga de aire frío por su cuerpo y decidieron que nunca más volverían a poner un pie en un lugar tan enfermo.

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