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sábado, 30 de agosto de 2014

El lenguaje secreto de las organizaciones. La diferencia entre éxito y realización.



Ilusiones del ego...

Hace poco leí un texto del experto en salud emocional, Alex Rovira. En él hablaba de la diferencia entre éxito y realización.
















La palabra éxito me resulta incómoda. Quizás porque el término se ha pervertido a base de confundirlo con el logro fácil, la notoriedad ajena de compromiso, integridad o esfuerzo, o con la clichés que tienen que ver más con la vanidad que con la verdadera realización. Frente al éxito, la palabra realización me resulta mucho más amable y a la vez firme, rigurosa, contundente. Realizar implica concretar en lo real; hacer, actuar. Realizar nos habla también del cumplimiento de un anhelo, pero en este caso la vanidad y la pedantería sobran, el ruido de lo exterior no aparece. Y lo que es más importante, la realización nos habla de tomar conciencia, de darnos cuenta, de despertar.”

En efecto, difícilmente se puede dar tanto en el clavo con tan pocas palabras. Es cierto, la palabra éxito viene acompañada de un ruido vanidoso que nos aleja inmediatamente de la idea que quiere transmitir. Ese ruido de carácter ideológico niega el carácter polisémico del término. Muy al contrario, lo vincula a un significado muy anclado en el pensamiento único, que como bien sabemos, por naturaleza es excluyente. Sin embargo, hay tantos tipos de éxito como significados a los que sea vinculado. Es precisamente, esta perversión cultural del término lo que anula su efectividad comunicativa. El éxito, tal y como se entiende en Occidente, se ancla en el pensamiento, en una idea colectiva que no necesariamente encaja con nuestros deseos más íntimos y personales.

Precisamente, es esta desviación lo que provoca una reacción que incita a la persona transitar por caminos que le alejen de este supuesto éxito. Es lo que se conoce en psicología como “miedo al éxito”.

El miedo al éxito surge cuando el individuo camina por la vida sin detenerse a pensar si ha elegido el camino que realmente quiere. Probablemente, inducido por presiones sociales y culturales. Desde un principio se enfoca hacia un objetivo que a medida que se avecina despierta en su cerebro sensaciones angustiosas e incómodas que le impiden continuar con la determinación que ha mostrado hasta ese momento. Esto es así porque su mente conoce la verdad, por mucho que quiera engañarla. Ekhart Tolle, en El poder del ahora, define con detalle esta lucha interna que se libra en nuestro interior cuando no somos totalmente sinceros con nuestros deseos.

“Si una persona no emana amor y alegría, presencia completa y apertura a todos los seres, no está iluminada. Otro indicador es cómo se comporta esa persona en situaciones difíciles o problemáticas, cuando las “cosas van mal”. Si tu “iluminación” es una ilusión del ego, la vida pronto te pondrá pruebas que harán surgir tu inconsciencia: miedo, rabia, actitudes defensivas, juicios, depresión, etc.[...]”.
El éxito, en efecto, es una ilusión del ego desconectada de nuestros deseos más íntimos y sinceros. Y el ego, como bien sabemos a estas alturas, es un señor feudal implacable, cuyo poder emana del dios de la mente. Esto no quiere decir que la mente sea un mal consejero sino que solo encierra ideas, emociones, potencialidad, conocimiento y talentos (que no es poco). Sin embargo, la vida es mucho más. La vida es acción, amor, coraje, compromiso, tierra, momento y espacio. También es dolor, ambición, derrota y pasión pero no encerrada en el plano de cuatro paredes mentales. La vida es concreción, como dice Rovira. También es realización en contraposición a la idea de éxito, que es proyección. Excede, por tanto, a toda imaginación. Se saborea, se toca, se siente. La vida es rugosa y áspera o bien de una suavidad inaudita, cuando circula sin obstáculos por la grandeza de nuestro ser. Esto solo sucede cuando conectamos con nuestros deseos más profundos, lejos del espejismo que puede provocar el placer inmediato. La vida es el último reducto de humanidad. No es sino es con los demás. El éxito y el placer, por el contrario, no necesita de más entidad que un ego. Se agota, por tanto, en su ejecución.

El poeta bengalí, Rabindranath Tagore explica a la perfección la idea de la ilusión del ego.

“No importa lo que sintamos o sepamos, no importan nuestras dotes potenciales o talentos, solo la acción les da vida. Muchos de nosotros entendemos conceptos como el compromiso, el coraje y el amor, pero en realidad saber es hacer. Hacer trae la comprensión, y las acciones convierten conocimientos en sabiduría. No puedes atravesar el mar simplemente mirando al agua.”

Entonces…¿qué es la vida?. Para mí no hay mejor definición que la del maestro indio Osho.

“La vida no es una filosofía, no es un problema; es un misterio. Tienes que vivirla, no de acuerdo a cierto patrón de conducta, no de acuerdo a un condicionamiento, de acuerdo con lo que te han contado sobre ella. Tienes que empezar de nuevo, desde cero.

Depende de ti. La vida en sí misma es un lienzo en blanco, se convierte en cualquier cosa que tú pintes en él. Puedes pintar infelicidad, puedes pintar felicidad, puedes pintar progreso interior.

Esta libertad, este libre albedrío es tu gloria. Mi mensaje es muy simple: Vive la vida tan peligrosamente como te sea posible. Vive la vida totalmente, intensamente, fructíficamente, porque la vida, es Dios. Primero conviértete en un Zorba, en una flor de esta tierra y a través de ella logra la capacidad de llegar a ser un Buda, la flor del otro mundo. El otro mundo no está separado de éste; el otro mundo no está en contra de éste. El otro mundo está escondido en éste. Este es sólo una manifestación del otro y el otro es la parte no manifiesta de éste.

Para mí, el primer fundamento de la vida es la meditación. Todo lo demás es secundario. La vida debe ser una búsqueda. No un deseo, sino una búsqueda; no una ambición de convertirse en esto o en lo otro, el presidente de un país o un primer ministro, sino una búsqueda para descubrir: “¿Quién soy yo?”.

La vida no es una cárcel, no es un castigo. Es una recompensa y es dada sólo a aquellos que se la han ganado, a aquellos que se la merecen. Ahora tienes el derecho de disfrutar, de llorar, de sentir, en concreto de vivir. Sería un pecado si no disfrutas de todo lo que te da la vida.

Irías en contra de la existencia si no la embelleces, si la dejas simplemente como la encontraste. No, déjala un poco más feliz, más hermosa, más fragante.”

viernes, 29 de agosto de 2014

Cartas a mi padre. Parte IV

La importancia del tiempo y el amor a la música

Tú me enseñaste a amar la música clásica con esos maravillosos vinilos de Deutsche Grammophon. Nunca supimos crear música pero siempre tuvimos una sensibilidad exquisita para apreciarla. ¿Sabes? La música clásica ha añadido a nuestra existencia vulgar un toque de solemnidad y distinción. Una elevación espiritual difícil de alcanzar sin unos acordes bellos. Nunca entendí la vida sin una melodía. Creo que tú tampoco. La vida está incompleta sin una composición digna. Como te he comentado es demasiado vulgar para digerirla tal cual. ¿No te lo parece? Esos acordes no hacen sino añadir intensidad y dramatismo a una existencia tan silenciosa como dolorosa. 

Pero sí, a mí el dramatismo que la vida trae de serie me parece demasiado tosco y vulgar. De hecho, hasta ridículo. Siempre he amado lo sublime, en el sentido romántico del siglo XVIII. Esa estética ensordecedora que eleva, rapta y transporta. Esos paisajes dramáticos de Turner, repletos de una naturaleza sobrecogedora e irregular. Capaces de estimular el alma más ruin. Siempre he sido demasiado romántica para un siglo que es incapaz de crear algo sublime ni de emocionarse con un bello abismo. Esto es sobrecogedor y demoledor. ¿No te parece? Cuando supe que el romanticismo no resucitaría en una tierra de muertos entonces no me importó empezar a pasar un poco de frío. 

De verdad que me niego a admitir que ni si quiera la soledad vaya acompañada por una melodía singular. ¿Cómo hemos llegado a esto, padre? ¿Por qué un mundo tan bello y una época tan fascinante adolece de esta aplastante vulgaridad? ¿Dónde se han marchado los dedos que, con su música infinita, nos transportaban a un tiempo mejor? ¿Encerrados en un vinilo alemán? Dan ganas de dejar la casa abierta e iniciar un viaje para no volver. Te preguntarás por qué la puerta abierta. Porque el viaje es interior. La casa solo nos ha sido prestada para que no nos sintamos tan desamparados. Sus paredes ponen límites a un mundo que nos parece demasiado grande y sobrecogedor. Al parcelarlo, creamos de forma artificial un muro de seguridad que nos separa aún más del otro. Pero todo esto es una falacia porque, a pesar de estar juntos no somos capaces de regalarnos una mirada sincera y menos una dulce melodía. 

Recuerdo hace mucho tiempo que un violinista me dedicó unos acordes sublimes en un restaurante de Praga. Aunque pagué, la intensidad de la melodía me sobrecogió el alma y los ojos se me llenaron de lágrimas. Y eso animó al violinista a entregarse aún más en una especie de escalada artística que dejó mudo al resto del auditorio. 

Creo, de veras, que en un mundo tan insípido los seres que lo habitamos estamos esperando una señal para entregarnos en todo nuestro potencial a pesar de la catástrofe emocional que esto pueda conllevar. Estamos locos por destapar nuestro verdadero potencial sin sentirnos juzgados. Sin embargo, en su lugar, nos esforzamos en pasar una pantalla más en la Play. El mundo es tan agotador que la gente tiene que desconectarse reconectándose a una máquina. Pero esto no es desconexión sino miedo a enfrentarse a uno mismo, a la soledad del momento. ¿No lo crees así, padre? Curiosamente aquellos que más alardean de la importancia del tiempo son aquellos que actúan con más desconsideración hacia él.

Continuará
By Alexia de Tocqueville