De secretaria a directora general
Cuando pensamos en un loco, nos viene
a la cabeza un asesino en serie o un zumbado que coge un arma y se pone a pegar
tiros en un colegio. En efecto, esas personas son dementes y, a través de actos
tan insólitos, ponen en jaque a una sociedad. En la actualidad, “locura”, según
el diccionario de la RAE, significa “privación del juicio o de la razón”. Sin
embargo, el término locura no siempre ha tenido el mismo significado. Hasta
finales del XIX, se consideraba locura a un “determinado comportamiento que
rechazaba las normas establecidas”. Lo que se interpretó por convenciones
sociales como locura fue “la desviación de la norma” por culpa de un
desequilibrio mental.
Esto nos viene que ni al pelo para explicar como en determinadas empresas de Españistán ocurren los desmanes que están sucediendo en las que, por poner un ejemplo, el empresauro hispánico da carta de naturaleza y poder a su antigua secretaria más zumbada que las maracas de Machín, ahora convertida en Directora General. Éste, dejándose llevar por los instintos de su bragueta, le da un premio a su chochín. Sin embargo, no elige ponerle un piso en Madrid (eso ya está muy desfasado) sino darle un cargo de responsabilidad en su chiringo. Al principio es divertido porque se la beneficia y punto. Sin embargo, la elementa en cuestión –que ha sido toda su vida una infeliz y lo sigue siendo- se ve con un poco de poder y se termina de desatar toda la tormenta.
Como cualquier persona (“normal”)
empieza a observar lo que ocurre cada vez que tira un poco de la cuerda.
Comienza a experimentar las mieles de la psicopatía observando los efectos que
produce el terror en las personas que tiene a su cargo. Es todo un ejercicio
tan premeditado y analítico como una proyección presupuestaria. Poco a poco, el
terror empieza a surtir efecto en sus subordinados hasta que llega un día que
éstos sucumben a él. Entonces, se convierten en sus huestes medievales que
reconocen que o le hacen el juego a la loca o se van a la puta calle. Ésta será
la última vez que piensen con un poco de racionalidad. En adelante, el hecho de
haber cedido aspectos tan fundamentales de su persona (como son la dignidad, el
honor y su propia independencia) les harán absolutamente vulnerables ante su
agresor, ahora convertido, en dueño y amo. Lo que viene después es por todo
bien sabido. Las huestes medievales, para poder sobrevivir a la situación sin
racionalizarla, empiezan a creer firmemente en los mandatos de su señora feudal,
amparada tristemente por un viejo chocho que piensa con el cipote. Todo
demencial ¿cierto?
Llega un día que estas huestes no se
reconocen ni a sí mismas. Empiezan a tomar ansiolíticos para poder conciliar el
sueño ya que todo el bullicio y desorden interno está haciendo mella en sus
mecanismos de defensa, totalmente quebrantados. Dedican más tiempo a su empresa
que a su propia vida, dejan de sentir alegría y placer por cosas que antes les
gustaban y enferman. A partir de ahí, se convierten en zombies y repiten el
comportamiento ante sus subordinados. El esquema clásico de la víctima que se
convierte en verdugo. “Dale poder a un hombre y lo conocerás”. Y los padefos,
ale, a tragar acoso laboral como zampabollos.
El señor empresauro hispánico, que bien
podría llamarse Perico el palote, se da cuenta un día de que todo este tema se
le ha ido de las manos. Su mujer, a la que ha engañado hasta la saciedad, se
los pone doblados con su monitor de yoga y su chochín se ha convertido en la
perfecta discípula de Hitler y le está haciendo la guerra a la propia empresa.
Sí, he dicho bien: a la propia empresa cuyos resultados cada día son más
lamentables. Perico el palote, en ese momento, se da cuenta de que le sale la
mierda por las orejas y que no le queda más remedio que reportar a la central
del grupo, por ejemplo, Inglaterra. Ahí empiezan las mentiras y gordas. Para
suavizar los resultados decide echar a unos cuantos padefos inocentes a los que
hace firmar despidos con cláusulas abusivas.
Con el forecast en una mano y el teléfono con su mujer en la otra se le empiezan a
quitar las ganas de zumbarse a la loca. Sin embargo, es demasiado tarde ya que
está acojonado porque se le abren más frentes que a los alemanes en el término
de la Segunda Guerra Mundial. En ese momento, para un minuto y piensa que es
hora de dejar a su chochín. Lástima, piensa, porque folla bien pero ni eso
merece ya la pena a estas alturas. Entonces queda a comer con ella en un
discreto restaurante de polígono y con mucho adorno y retórica le dice que aún
está enamorado de su mujer. “Puta mentira”, piensa la loca (con un poco de
razón) que a estas alturas se cree no solo Directora de una empresa –que lo es-
sino líder espiritual y carismático al estilo de Charles Manson, fundador y
líder de la secta “La Familia”. En ese momento, previo golpe en la mesa y
silencio de la gente de las mesas contiguas, le dice a papi que se suicida si
la deja. Perico, cada vez menos palote, se agarra los machos y ve la que se le
viene encima. Termina de tragar la comida que le queda en el plato además de
una buena dosis de chantaje. ¡Salud!
El final de la historia la sabemos
todos. La situación descontrolada. La Directora que está en su salsa (ha
comprobado como conseguir lo que quiere a través del chantaje y el terror) deja
de tomar las pastillas que le prescribió el médico. Lleva años diagnosticada
pero en estos momentos cree firmemente que todos esos psiquiatras son unos
gilipollas y ella está como una rosa: haciendo lo que le viene en gana y
cobrando un pastizal por ello. Piensa que los locos son los demás, unos pobres
desgraciados que le lamen el ojete y están a su disposición. En cierta parte no
le falta razón. Para eso sí que está muy cuerda. También lo está para
embolsarse los 200.000€ brutos al año que se levanta (lo que equivale al sueldo
de 10 u 11 padefos).
En este contexto en el que sabe que
tiene a su jefe cogido por los huevos y a la empresa aterrorizada, el acoso
laboral y los riesgos psicosociales están a la orden del día. Las huestes cada
día están más enfermas. Todos toman pastillas pero cada uno para una dolencia
diferente (aunque de naturaleza similar). Los padefos no hacen más que mandar
currículums por el Infojobs para salir cuanto antes de esa merienda de negros.
Sin embargo, no está nada fácil ya que en Españistán hay más de 6 millones de
parados y no les va a quedar más remedio que aguantar un tiempo. Saben bien que
cada día que pasen allí es un paso más para la pérdida de la razón. Sobrevivir
a un ejército de locos no es tarea fácil y trabajar en un ambiente tan hostil
mucho menos. Así que se la envainan, se ponen el chubasquero para que la mierda
no les cale y aprenden a esquivar las balas, como Neo en Matrix. Así un día
detrás de otro hasta que les ponen en la calle o encuentran otro curro de
similares características por un sueldo inferior.

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